Finding Nairobiland

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Un tapiz de vida bajo las nieves del Kilimanjaro

Escrito por findingnairobiland 15-05-2010 en General. Comentarios (2)

 

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Amboseli es uno de los parques nacionales más populares de Kenia. Ubicado al sur del país, es relativamente pequeño (392 kilómetros cuadrados) y su ecosistema, frágil: la amenaza de despoblación crece año tras año por la escasez de praderas, debido a las reincidentes sequías, la salinidad y la voracidad de sus habitantes estrella: los elefantes. Y sin embargo, aunque el hermano mayor de todos los parques, Masai Mara, se lleva la palma en cuanto a renombre y biodiversidad, Amboseli posee un reclamo irresistible: el Kilimanjaro. Desde sus literarias cumbres nevadas, el Dios Montaña vigila la vida terrenal, al tiempo que otorga un solemne telón al escenario que le rinde pleitesía. Y así, con la montaña más alta de África de fondo, la naturaleza cobra mayor inmensidad bajo el cielo.  

 

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En esta planicie borracha de contrastes, la tierra se metamorfosea por kilómetros, convirtiendo el espectáculo del recorrido en un constante cambio de acto: Los tramos de pradera se alternan con áreas desérticas, donde las retorcidas ramas de acacia ofrecen caprichosas expresiones de arte moderno. Más allá, la agreste negrura de páramos volcánicos de repente da paso a palmerales en medio de la nada, como decadentes oasis, devastados por elefantes. Franjas de hierba barnizada dibujan búnkeres de verde plástico en el horizonte y los flamencos, de lejos hileras de algodón dulce, colorean el gris perla de un lago que se declara en fiesta. Y luego otra vez la sabana, con sus ocres y sus troncos muertos, que tan tramposamente engañan a la vista, asemejando algún  Big Five agazapado… 

 

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La ventanilla del coche se convierte en una pantalla del cine más sensorial que pueda inventarse nunca: Aire, olor a vida, belleza y el aliciente añadido del Kilimajaro. “¿Lo veremos hoy?” Pero lo cierto es que, ya sea por tímido o presuntuoso, el pico más alto de África se hace de rogar a ojos del visitante. Sólo de cuando en cuando se adivinan las crestas, confundidas entre la blancura de las nubes, pero difícilmente se llega a ver la montaña completa y nítida. Así que, la deseada instantánea de los elefantes con el Kilimanjaro de fondo, es un privilegio que pocos consiguen, salvo, si acaso, en los primeros momentos del alba, cuando las nubes andan despistadas y dejan que la montaña desnuda se desperece a sus anchas, antes de volver a ocultarla.   

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La vida surge espontánea y necesaria, aquí y allí, desde lo más insignificante a lo más colosal: aves minúsculas con plumajes multicolores y nubes de insectos que se adelantan a las estrellas, búfalos envueltos en un jolgorio de serpentinas blancas que sobrevuelan sus lomos, mandriles circenses, elefantes en solitaria procesión hacia el ocaso, buitres funambulistas aguardando sobre el encaje de raquíticas copas, un viejo león deglutiendo su soledad matutina por la sabana, dos hienas que reivindican su incomprendida belleza a lo lejos e hipopótamos que celebran el último baño del día haciendo emerger sus fauces en un agua herida de atardecer….

 

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Por la mañana, una de esas mañanas blancas y nubladas, merece la pena detenerse junto al lago. Un cristal perfecto que tan sólo manchan los manglares. El horizonte se convierte entonces en una línea imperceptible, apenas un arañazo en el espejo continuo que percibe la vista. Tienes esa sensación de que todo está en su sitio: la simetría perfecta. 

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Pocas cosas ofrecen un placer contemplativo tan intenso. Hay momentos en que la sola luz, con sus múltiples cambios cromáticos, y el rugir del coche mordiendo el polvo de la pista, provoca un estado de éxtasis en el que uno se siente un poco estúpido, como con ganas de reír, llorar, gritar y callar al mismo tiempo. Con los tenues rayos de la tarde, la naturaleza reza su última oración del día en silencio, mientras tú estás ahí, paralizada en la contemplación de una paz a la que no estás acostumbrada; intuyendo todo lo que pasa aquí y no ves, pensando en todo lo que pasa ahí fuera y de repente te sobra. No es más que el ciclo de la vida, un día más que se marcha… Pero lo cierto es que te sientes absolutamente drogado de belleza.

 

Tal vez, quién sabe, la muerte sea como es la vida en Amboseli. Un hipnótico suceder sin tiempo en el paraíso...  

 

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*Fotos: D. Parejo, Jose Luis Moreno y Vanessa J. Garrido.

 

El Niño Rain Festival: Bailando con maasais

Escrito por findingnairobiland 24-02-2010 en General. Comentarios (1)

 

Este año puedo presumir de haber celebrado San Valentín con un buen polvo, y sin necesidad de que ese amago de Joselito obeso y belicista al que llaman Cupido me haya impuesto ninguno de sus manidos preámbulos, ya sean rosas rojas, velas, bombones, cocina afrodisíaca o lencería al estilo morita sorpresa. Fue, de hecho, un polvo tan inolvidable y duradero, que aún guardo restos de arena keniana en las orejas.

Es lo que tiene acampar en una pequeña aldea maasai en medio de la nada: Polvo. Sequía, polvo, más polvo… pero también vida y color.

 

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Emplazado en el pueblo de Oldnyo-Nyokie, a diez kilómetros del lago Magadi, "El Niño" Rain Festival no es un Benicassim a la africana, con fines benéficos para la infancia, aunque suene a algo parecido. Ni siquiera tiene que ver, directamente, con El Niño (responsable de las inundaciones que a cada tanto azotan África), salvo que la primera edición del festival a finales del pasado año, coincidió con la llegada de dicho fenómeno meteorológico. El evento consiste ni más ni menos que en pasar una noche en una aldea maasai (coche, tienda o saco corren de tu cuenta) con el objetivo de recaudar fondos para paliar los estragos de la sequía en esta comunidad.

Durante el día, los lugareños agasajan al público -esta vez éramos veintitantos- con su repertorio de danzas corales, mientras que por la noche, son los miembros maasai más veteranos quienes se encargan de amenizar a la concurrencia con discursos varios acerca de la tradición maasai, algo que resulta ser a long, long history, no cesan de repetir. La velada culmina con una plácida borrachera comunal en torno al fuego. Todo esto, por el precio de 3.000 chelines (unos 30 euros), incluyendo una cena simbólica consistente única y exclusivamente en un poco de nyama choma (carne de cabra recién sacrificada, asada al fuego y cortada in situ por un maasai) y un termo de té y chapati para el desayuno.

 

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Tal combinación de naturaleza y folclore ofrece una estampa colorista, cutre y destartalada, pero ciertamente auténtica, de Kenia. Kilómetros de polvo se te solapan como una segunda piel, ennegreciendo tus mocos y agrisándote el pelo. Y luego están ellos: los maasai, y la artificiosa espontaneidad con que intentas establecer algún tipo de contacto, ya sea chapurreando el inglés con quien puedes, sonriendo con quien no puedes, o simplemente recibiendo su agradecido y a veces desconcertado saludo desde unas manos sudorosas y encallecidas. Las mismas manos que luego rebanarán el pescuezo de una cabra y la despellejarán mientras tu cámara no deja de disparar y tu estómago de revolverse.

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El alma mater de esta peculiar convocatoria es Álvaro Hoyos, un joven español afincado en Nairobi con media cabeza puesta en su trabajo en Habitat (ONU) y la otra media en el ideario de proyectos artístico-culturales que con más o menos difusión, tratan de promover el espíritu ecológico y solidario, pero sobre todo, eso que de forma recurrente él resume en “buen rollo”. Un día descubrió por casualidad el lugar y pensó que sería interesante compartirlo con sus amigos y de paso ayudar a esa gente mediante visitas programadas. Y así, mano a mano con el coordinador y traductor local, Patrick (uno de los pocos maasais de allí que sabe inglés), surgió el festival.

Unas 200 personas en esta aldea y varios cientos más, distribuidos por toda la región, sufren a diario la escasez de agua. Así que el dinero pretende contribuir a la futura construcción de un depósito que garantice cierto suministro. Por lo pronto, sólo cuentan con un abastecimiento semanal por parte de un camión cisterna proveniente de Magadi. Paralelamente, se surten de una pequeña laguna, ubicada a unos dos kilómetros de la aldea, para extraer agua de uso diario que, por supuesto, no es potable aunque ellos la beban.

 

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El caso es que dos horas y media después de salir de Nairobi y más allá de la maravilla paisajística con que nos deleitan los montes Ngong, llegamos. Y llegamos, todo sea dicho, casi por casualidad, ya que la NO señalización forma parte de la aventura.

A pie de carretera, un descampado salpicado de chozas de paja y exiguas casetas de chapa, nos recibe. Un centenar de mujeres, espléndidamente ataviadas, se agrupan a lo lejos. Parecen puñados de golosinas evitando ser engullidas: Nerviosas y expectantes, todas se esconden tras las escuetas fachadas, cual artista entre bambalinas y a punto del directo, oteando la concurrencia por una rendija del telón. Telas azules, rojas, amarillas, verdes y púrpuras ondean al viento como cometas ancladas a sus cuerpos. La situación es absurda y divertida a la vez. No pasa nada. No hacen nada. No decimos nada. Nadie sabe qué coño hay que hacer o decir. Me siento como si formara parte de una caravana mixta de turistas que han llegado para hacer de parejas en un baile de marcianos. Entretanto, Álvaro comprueba que la curiosa cocina solar que ha donado un patrocinador funciona: El arroz está ya hervido en una suerte de caja blanca de cartón y aluminio. La sorprendente sencillez de la tecnología ecológica en medio de este contexto, no hace sino multiplicar el surrealismo.

 

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Al poco tiempo, se alinea por fin, delante de nosotros, el grupo femenino que abre el programa artístico del festival: todas, con sus coloridos cangas y bisutería típica maasai. Acompañan sus cantos con una graciosa flexión de piernas y un contorneo de pecho que hace subir y bajar los sofisticados platillos semi-volantes que son sus collares. Parece que quisieran rozar el cielo, pero nunca se atreven a intentarlo del todo, como si su condición les conminase a quedarse en el impulso y permanecer en la tierra, a diferencia de sus compañeros varones maasais, espigados acróbatas aéreos. Disfrutan del aplauso. Se ríen. Contemplan encantadas sus propios retratos en las pantallas de nuestras cámaras. El resto de la comunidad se va arremolinando cerca de nosotros, tímidamente. Van perdiendo el miedo: somos la novedad.

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Más tarde, un nuevo repertorio tomará como escenario el cauce seco de un río, a pocos metros de las chozas. Los visitantes se disponen a sendos lados, sentándose en las improvisadas gradas que ofrece la propia orografía. Allí es donde conozco a Yasmín. Tiene quince años y es la hija del profesor musulmán de la escuela primaria de la aldea (no tienen escuela secundaria). Lleva a la espalda un bebé: su hermano. Me dice que sueña con salir de allí para poder estudiar o acabarán casándola. Quiere ser embajadora. Le pregunto que embajadora de qué. “Del mundo, como Obama”, me asegura. Le gusta leer novelas y le apasiona la Historia: “Estudiamos el origen del hombre, que fue precisamente aquí, en África”, me instruye orgullosa, mientras yo pienso que en cierto modo, el mismo hombre que nació aquí, parece haberse quedado aquí y así. Luego me justifica los llantos de su hermano diciéndome que su madre acaba de quitarle el pecho, pero que desde hace dos días no ha vuelto a la aldea (trabaja en Nairobi) y que el bebé tiene hambre y necesidad de su madre. Acabo dándole un brick de leche. Al cabo de treinta segundos, como era de esperar, me siento ridícula: empiezan a salir niños por todas partes. Todos esperan que saque algo más de la chistera.

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Cae la tarde entre la inercia de las fotos y el espectáculo. Y como buena estampa típica africana: surrealismo y contradicción. Como por ejemplo, lo de sentarse en torno a una hoguera para admirar la historia de los maasais en boca de ancianitos enclenques envueltos en kangas de colores. Todo parece entrañable: la tradición de cazar leones (allá penas del peligro de extinción, algo que ya se encarga de inquirirle un turista keniano en el turno de preguntas…); las normas de los massai morán (la facción más radical y purista del guerrero maasai); y los problemas del cambio climático (algo que Patrick repetirá una y otra vez como una lección que le hayan hecho aprender de memoria…). Hasta ahí bien.

Luego proclaman orgullosos que en su comunidad hay gender balance, pero inmediatamente después se quejan de la rebeldía de la mujer actual, a la que “hay que controlar atizando con el bastón”. Entonces es cuando dudas si levantarte y horadarle al maasai algo más que la oreja  o permanecer en tu silla limitándote a disfrutar de la parte folclórica del asunto. ¿No es esto un intercambio cultural? Pues alguien debería decir a estos señores que en los países de los mzungus, quienes por cierto han pagado por escuchar sus discursos, esas costumbres retrógradas se condenan porque condenarlas forma parte de la evolución.

 

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Pero es que tal intercambio se limita, en realidad, a una superficial convivencia basada en la observación, la torpe intercomunicación humana entre dos mundos inevitablemente opuestos y  la satisfacción mutua de la curiosidad por lo excéntrico: aquí los maasai, con sus cosas de maasai, y aquí los blancos, con sus cosas de blancos…

A estas alturas, ya habréis descubierto que este Bienvenido Mr. Marshall al paleolítico africano no es apto para hiperrealistas, hipersensibles, escrupulosos o amantes del confort básico que, dicho sea de paso, no habría estado de más (a fin y al cabo, ciertas comodidades no tienen por qué estar reñidas con las experiencias que solemos calificar de “auténticas”). Pero tampoco es un lugar para místicos. Lo curioso deja de ser idílico al minuto tres. Aunque todo depende de lo que te fumes…

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A título personal, me quedo con la incomparable fotogenia de este paisaje humano y el privilegio de haber podido congelar algunos de sus instantes: el pozo infinito de las miradas de ancianos y niños, las pieles de chocolate, las sonrisas que tienden a ocultar con la mano como si fuera un delito mostrarse felices, y la luz refulgiendo en telas luminosas que tiñen de alegre belleza este inhóspito y desangelado lugar.

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Me quedo, también, con el pulso de la pasión humana en las danzas tribales, especialmente las que protagonizan los más jóvenes, y la alegría en su esforzada puesta en escena. Rodearte de niños mugrientos que corretean descalzos como cachorros salvajes y responden con pícara inocencia a cada muestra de cariño. Niños que son un milagro, aquí, allí, en cualquier parte del mundo. Respirar el silencio en un amanecer abierto, infinito y esperanzador. O alzar la cabeza y comprobar el inmenso sarpullido de estrellas que parece que se abran hueco a codazos, y que nunca contemplaste así desde tu ciudad.

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Me echo unas risas, incluso, asistiendo al proceso etílico de la comunidad maasai, y descubro, entonces sí, que no somos tan distintos: que la única diferencia entre tu primo ebrio en aquella boda y este maasai junto a la hoguera, es que entonces sonaba Paquito el Chocolatero y ahora un ininteligible –para ti- mantra. Es ese momento en que a nadie le importa un pito la miseria, la ignorancia o la sequía ni hay más intercambio cultural que una botella de cerveza más o menos fría. Evidentemente somos humanos.

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No me arrepiento en absoluto de haberme deleitado los ojos y el alma chocando cada una de esas manos, abrazando a cada uno de esos niños o correspondiendo cada una de sus sonrisas. La idea es bonita y la experiencia acaba mereciendo la pena, pero siempre que no esperes nada más allá de la cruda realidad que ves, y de la que resulta difícil abstraerse: naturaleza agreste, miseria en estado puro, y una comunidad afable junto a la que podrás compartir una noche sin temor a despertarte sin mochila o sin las ruedas del coche… Nada más.

 

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Y sin embargo, debo decir que El Niño Rain es, hoy por hoy, el “Bebé Gota”. Todavía una aventura anecdótica entre colegas, si acaso el atisbo de algo que apunta maneras, siempre que el impulso de una organización competente y unos patrocinadores apropiados lo conviertan en algo con más entidad y sentido. Algo que no estaría nada mal, por cierto, teniendo en cuenta el escaso panorama de ocio que ofrece Nairobi. Bastaría un poco de organización y otro poco de encanto inducido, para convertirlo, ya no en un proyecto de vocación mayoritaria, pero sí al menos en el destino eventual de una considerable minoría que sabe a dónde va y para qué.

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Entretanto, seguirá siendo  una experiencia más para el turista que juega a ser cándido y solidario a partes iguales, consciente de que poco puede hacer, salvo sentirse agradecido por haber nacido en otro hemisferio. Que disfruta de una noche diferente y de una cordialidad extraña, renunciando a la comodidad de un hotel y la falsedad de sus danzas turísticas de bienvenida, para imbuirse en el lado exótico africano de una manera algo más auténtica. Que se atreve a comer un trozo de carne tibia con los dedos o a beber de un termo de té y consolarse pensando que seguro que hirvieron el agua primero. Que disfruta de la experiencia sólo porque sabe que está de paso y porque lleva un par de tortillas y botellas de agua de sobra en el maletero. Que se va de allí loco por llegar a casa, descargar sus fotos y abrir el grifo sin contemplaciones para que el líquido elemento arrastre el polvo, único vestigio de la simbiosis que le hizo parecer uno más. Y que siente en esa ducha larga, el verdadero festival del agua, lejos de la sequía y la miseria, y lejos de ese primitivismo tan puro como salvaje, tan bello, tan patético…  

Asomarse un poquito de mentira, a la verdad. Y volver a casa.   

 

 

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Fotografías: D. Parejo

 

Más información y fotos:

 

http://www.facebook.com/pages/El-Nino-Rain-Festival/176763896306?v=info

 

http://picasaweb.google.com/alexyashish/MasaiFestival#

Kitengela, la excéntrica fantasía de vidrio

Escrito por findingnairobiland 06-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

 

"Si así fue, así pudo ser; si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Eso es lógica." (Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll).

Algo parecido debió pensar Gaudí después de un mal sueño. Y es que, en su particular país de las maravillas, tal vez creyó reconocer el trencadís en las polvorientas sendas de un bosque remoto y caminó entre cortinas de abalorios traslúcidos, extrañas criaturas de forja y adobe, vidrieras marianas picoteadas por gallinas de Guinea y montañas de botellas esperando su reencarnación en posavasos, antes de toparse con uno de sus famosos dragones, pero emergiendo de una inhóspita piscina, al borde de un barranco en medio de ninguna parte…

…Por ejemplo África.

Lo que Gaudí no sabía ni supo nunca es que años después, una alemana asentada en Kenia iba a materializar su pesadilla, creando un emporio familiar gracias al interiorismo y artesanía de diseño. Actualmente la firma Kitengela abastece la decoración de no pocos establecimientos dentro y fuera de la ciudad: Jarrones de todos los tamaños y formas imaginables, vajillas rústicas, espejos labrados, ceniceros y posavelas, cortinas de cuentas, románticas lámparas, sillas y mesas de aire modernista, murales, mosaicos… Cualquier objeto sirve de excusa para el arte de moldear el cristal, combinado con el reciclaje imaginativo.  

 

 

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Vayamos por partes. Supongo que para describir un lugar tan “imposible” como este, hay que recurrir a aquello del "erase una vez..." Así que digamos que erase que se era un recóndito universo de colores de evidente inspiración gaudiniana, edificado en medio de un agreste desierto. O para ser menos poéticos: la caótica y abigarrada base de operaciones desde la que Nani Croze fabrica y gestiona sus numerosos encargos, y donde también recibe a los turistas en busca del perfecto souvenir y algo de entretenimiento. No en vano, Kitengela Glass ofrece para éstos, además de la visita al recinto y las compras, servicios complementarios de lo más variopinto, como paseos en camello, jornadas de paint ball, paseos y picnic o incluso alojamiento rural dentro de su laberíntico complejo: Un lugar donde cientos de esculturas y objetos han echado casi tantas raíces como los árboles entre los que conviven a la intemperie y donde cuesta imaginar que algo tan frágil como el vidrio pueda sobrevivir.

 

En Kitengela, para colmo, el cristalino elemento comparte espacio con una granja y con la propia residencia de la dueña, sita en un torreón de adobe a caballo entre un cuento de hadas y uno de brujas. Por todo el entorno se ven puñados de animales: ocas, gallinas y conejos, que en el mejor de los casos se asoman tras precarias alambradas desde sus originales refugios de adobe, y en el peor se convierten en un elemento más a sortear. De hecho, la mayoría  transitan por el recinto a sus anchas y parecen casi tan mal avenidos como el puñado de perros ruidosos que persiguen al visitante devorándose a mordiscos entre ellos. Nani suele regañarlos por su nombre y a gritos, como si fueran niños malcriados, desde el inefable caos de bocetos, tarjetas, facturas y albaranes que componen su mesa de trabajo…

No es verdad que Kitengela Glass esté integrado en la naturaleza: está literalmente esparcido por ella, como una enrevesada casualidad donde el arte y el desorden se suceden en armónico desastre. Es como si el parque Güell hubiera explosionado y algunos pedazos hubieran ido a parar aquí, en medio del campo y en medio de Kenia, ahí es nada. Los objetos, se alzan silenciosos y polvorientos, aguardando ser sorprendidos por el viandante en medio de un enjambre de colorines. Nada está donde debería estar porque tampoco nada de lo que hay aquí tendría por qué estarlo. Sin ir más lejos, a pocos metros del horno de vidrio, un caminillo escarpado nos conduce hasta un estrechísimo puente colgante fabricado con alambre, acerca de cuya estabilidad tal vez el propio Indiana Jones dudaría. Por el módico precio de un euro uno puede lanzarle un órdago al vértigo, cruzar el barranco y salir de dudas. Y bien: ¿Tiene sentido que algo así esté ahí? No. Pero es fantástico que esté.

Curiosamente, se trata del único paraíso no apto para niños que sin embargo resulta perfecto para ellos. Aquí, la fragilidad del cristal pasa de ser un tabú a un capricho inevitable, ya que todo incita a tocar y dejarse sorprender. Kitengela rezuma además, ese aire de melancólica magia que tienen las cosas decadentes: Una se ve subiendo unas escalerillas en espiral con coquetas barandillas a modo de alfileres gigantes y se cree el caracol de una fantasía animada. Al mismo tiempo, observa la trastienda del taller, entre tablones de madera y gallinas, material de taller excedente, coches aparcados y hasta un pequeño estanque de agua ennegrecida por el que se pelean un par de ocas, y todo le devuelve de golpe a la realidad.

 

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En definitiva, Kitengela podría resumirse en lo que un amigo mío vino a definir como "gran perturbación". Yo añadiría que artística. Y también irresistible. Al fin y al cabo, uno puede ver esto como un delirio kitsch o como una divertida regresión a la infancia más anárquica e imaginativa. ¿No apetece de cuando en cuando sentirse así? Además, retomando a Carroll de nuevo: “No quiero caminar entre locos”, dijo Alicia. "Oh, no puedes hacer nada", le respondió el gato, "todos estamos locos aquí". 

 

 

KITENGELA GLASS - www.kitengela.com

 

Lo mejor: Su inhóspita ubicación, su originalidad y por supuesto su artesanía.

Lo peor: El tortuoso y polvoriento camino hasta llegar al recinto. También, una vez allí, el hecho de que si uno va a tientas y con prisa, corre el riesgo de quedarse sin ver algunos de los rincones más curiosos, ya que todo es un tanto caótico y destartalado, pese a los cartelitos que señalan algunos puntos de interés. Se echa en falta algún plano o folleto que detalle el recorrido.

No dejes de ver: La lámpara de techo hecha de lentes recicladas; los móviles fabricados con ampollas de quinina, los insectos de alambre y cristal… O el propio búfalo que da la bienvenida al recinto: un enorme esqueleto metálico forrado de etiquetas de cervezas y refrescos.  

No dejes de ir: A la abandonada sauna junto a la piscina (una cueva de adobe con incrustaciones de bases de botellas verde esmeralda). O a cualquiera de los originales baños, en forma de diminutas casetas al aire libre con una pequeña portezuela, equipadas al detalle y con un divertido toque näif.