Finding Nairobiland

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Un año de cine

Escrito por findingnairobiland 20-01-2011 en General. Comentarios (1)

 

Hace algo más de año y medio que comencé este blog sin saber muy bien a dónde me llevaría, cosa que, sinceramente, aún no sé.  Lo bueno de no haberlo abandonado, salvo eventuales periodos, es que esa cuestión ha dejado de importarme hasta el punto de que hoy por hoy siento que soy yo, más bien, quien lo lleva a él...

 

¿Hacia dónde? Hacia donde surja, qué más da. Me gusta que Finding Nairobiland siga siendo, después de todo, este pequeño lugar que no aspira a ser nada más que eso, aunque el pragmatismo del día a día lo haga parecer un empeño innecesario o inútil. No lo es para mí. Además, en este espacio me siento libre. Al fin y al cabo, proyectar una película sin saber si la sala está llena o medio vacía puede ser frustrante o interesante… Todo depende de para quién. 

Tengo que decir que en términos generales, ha sido un año de cine porque nunca pensé que viviría en un sitio como éste, que escribiría desde aquí ni que podría ser testigo de las cosas que escribo. En lo que a Finding Nairobiland respecta, me encanta no tener que empezar el año con el propósito de retomarlo, porque nunca, en realidad, lo he dejado. Si acaso no estaría mal alimentarlo más a menudo, pero teniendo en cuenta lo inconstante que puedo llegar a ser, incluso en este sentido para mí, también éste ha sido un año de película.

Y ya que hablamos de cine, no puedo pasar por alto que aunque Javier Bardem y su “Biutiful” se han ido con las manos vacías de la 68º edición de los Globos de Oro, resulta que la ganadora a la Mejor Película Extranjera este año, por estas cosas mágicas de la sinergia y la casualidad, tiene bastante que ver con Kenia.

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En un mundo mejor, de la danesa Susanne Bier (directora de Cosas que perdimos en el fuego o la original Brothers, antes del remake americano que dirigió Jim Sheridan), fue rodada en parte aquí y utilizó unos 700 figurantes kenianos, además de algunos actores secundarios también locales. La cinta cuenta la historia de un doctor cuya vida discurre entre una idílica ciudad danesa y un campo de refugiados en África, para lo cual se escogió un campo de Kikopey, cerca de Gilgil, al noroeste de Nairobi. 

 

Parece ser que el equipo de localización contactó con una productora keniana para pedir asesoramiento y aunque en principio les recomendaron Dadaab Camp, de camino en coche hacia Elementaita, se prendaron de Kikopey.

 

Quién sabe si vamos a ver este pedazo de Kenia premiada, de alguna manera, también en los Oscar. Ya se sabe que los Globos de Oro son la antesala de la famosa alfombra roja... 

 

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Pase lo que pase en la futura gala, os deseo a todos un año de cine y al cine keniano una distribuidora en condiciones, que me traiga éste y otros estrenos internacionales.

 

Nos vemos por aquí. 

El dilema de los entierros ecológicos

Escrito por findingnairobiland 05-12-2010 en General. Comentarios (1)

 

Gracias a que el Conde Drácula vivió en el siglo XIX y no en el XXI, nunca tendremos que imaginarlo saliendo de una especie de archivador desmontable de Ikea… Esta semana me ha llamado la atención un artículo del Daily Nation sobre el fracaso del último lanzamiento funerario: un modelo de ataúd biodegradable llamado Eco-Jeneza, a disposición de los kenianos desde hace un par de meses. Pese a su moderno concepto de sostenibilidad medioambiental y a su principal reclamo: es considerablemente más barato que el convencional, no parece estar teniendo muy buena acogida en Kenia, a diferencia de otros lugares del mundo, incluyendo la vecina Sudáfrica.

 

Para las familias kenianas que pierden un ser querido, acostumbradas a compaginar el dolor de la pérdida con un serio endeudamiento a costa del funeral (el gasto medio ronda los 500 euros), el Eco-Jeneza podría ser la alternativa perfecta, maquillada, además, de puro marketing ecológico: Lo importante no es el precio, hasta 200 euros menos que un ataúd al uso, sino la conciencia medioambiental…

  

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Sin embargo, si ya de por si el universo funerario está definido por la tradición y  la religión, este invento viene a toparse con la reticencia de una cultura, la keniana, donde esos dos factores definen no sólo la muerte sino todo lo demás. Y tampoco nos engañemos: ecológico es, pero vistoso no (si es que se puede aplicar tal adjetivo a un féretro), y no sólo a ojos del keniano. Muchos europeos nos sentiríamos ruines optando por esta solución, por muy verdes que pretendamos ser. Lamentablemente, el cuasi monopolio funerario, con la sofisticación y variedad de productos en las últimas décadas, ha puesto el listón alto – y caro- en el concepto de funeral “a la altura”.

 

En el rito de la muerte, al igual que en otros ritos donde lo social y lo cultural justifican su, a veces, anacrónica existencia, cualquier despliegue es poco cuando manda la tradición, esto es: lo que se debe hacer porque sí, sin más, porque es lo que siempre se ha hecho. Así ocurre también en Kenia, con la diferencia de que son cientos los casos de familias arruinadas por tratar de costear el funeral. En estos casos nunca impera la lógica: ¿Acaso no va a acabar bajo tierra igual una caja de cartón que una de madera, por muy fantásticos que sean sus acabados?

 

En el antiguo Egipto, la creencia de una vida posterior con acceso a bienes materiales, hacía que enterraran a los muertos con joyas y enseres, pese a que inevitablemente acabaran en mano de los saqueadores. Hoy en día se dan casos de gente que entierra a sus difuntos incluso con el teléfono móvil… por si acaso. La manera de despedir la vida es en sí mismo un estilo de vida. Y para entender que un Eco- Jeneza es tan lícito como un féretro con laboriosos remates cromados hace falta abrir mucho la mente y liberar lastres religioso-culturales demasiado arraigados en nuestra sociedad.

 

Claro que, el otro extremo podría ser ver a Drácula saliendo de un ataúd con forma de, no sé, ¿tubito desechable para análisis de sangre?  Es lo que la marca Aquarius supo explotar para su campaña televisiva de hace un año, recurriendo a Eric Adjetey, un joven carpintero de la aldea pesquera de Teshi (Ghana). Si la necesidad agudiza el ingenio, en este caso, ante el ingenio, no importa la necesidad. En el anuncio aparecen toda suerte de ataúdes personalizados: Peces gigantes, un avión, una gallina… Una alegoría kitsch y fetichista de la vida cotidiana en forma de juguetes fúnebres coloristas, como materializaciones infantiles de aficiones, roles y oficios… Se trataba de transmitir la idea de cumplir los sueños aún en tiempos de crisis. Y el caso es que estos ataúdes, absolutamente reales, son  muy demandados entre la comunidad Ga, un colectivo animista de la costa que constituye el 10% de la población ghanesa.  No obstante, la conversión de muchos de ellos al cristianismo ha reducido la demanda en los últimos tiempos, ya que no se les permite usar féretros “alegres”. Tampoco los precios ayudan demasiado a mantener esta tradición. Un ataúd de Mercedes Benz, por poner un ejemplo, equivale al sueldo anual de un trabajador en Ghana, es decir, unos 480 euros. De nuevo la contradicción…. 

 

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Volviendo a los ataúdes ecológicos, parece ser que en Europa se talan anualmente más de un millón de árboles para fabricar féretros. Si bien es cierto que sus piezas metálicas, plásticas y adhesivas son perjudiciales para el medioambiente, no podemos decir que los principales problemas medioambientales del mundo provengan de su uso. Y por otro lado, tampoco se puede afirmar que el Eco- Jeneza sea la panacea universal en este sentido. Para empezar, una persona muy obesa difícilmente podría ser apta para este sistema. Y, teniendo en cuenta que la burocracia en África puede provocar que un entierro se posponga fácilmente tres meses tras la defunción, considerando además que haya que trasportar el cadáver en viajes de larga distancia, no parece que el cartón y/o plástico sea un buen remedio ante imponderables como la humedad y la lluvia, por ejemplo.

 

En cualquier caso, el principal enemigo de esta idea no son sus limitaciones técnicas sino el prejuicio de que pueda ser una solución “cutre” para despedir a un ser querido. Y es comprensible. Sin embargo, y he aquí la paradoja, tal y como apunta By Joy Wanja en su artículo, una familia que no se puede permitir los 70.000 Sh (unos 700 euros) que cuesta un buen médico, es capaz de endeudarse pagando el doble de esa cantidad por un entierro “digno”...

 

¿Tiene sentido invertir en homenajear al difunto lo que no se invirtió en evitar que muriera?

 

Está claro que la tradición, aún cuando va en contra de toda lógica, es difícil de superar. Y la muerte es algo que nos tomamos muy en serio. A veces, curiosamente, más en serio que la propia vida.   

 

Enlaces:

 

Anuncio Aquarius : http://www.youtube.com/watch?v=UzAia-gqcpE

Eco Jeneza: http://www.eapi.co.ke/index.php?id=355

 

¡Que llueva, que llueva!

Escrito por findingnairobiland 06-10-2009 en General. Comentarios (1)

 

No hay mayor sensación de hogar que escuchar un húmedo tintineo en los cristales y no tener que salir de casa. Llevo dos meses en Nairobi y apenas ha llovido tímidamente tres o cuatro veces. Mi jardín es una crujiente moqueta de pajitas y los árboles languidecen bajo un sol cada vez más implacable. La última vez que me dio por regar, el jardinero se echaba las manos a la cabeza ante tamaño sacrilegio. Y qué razón tenía…

Tal vez por eso, las pocas gotas que cayeron este fin de semana, me reconfortaron como una ducha fresca después del gimnasio. El olor a tierra mojada, las gotas crepitando en el tejado… Si a eso le sumas una infusión bien caliente o una copa de vino de repente tienes ante ti una asequible y perfecta velada para tiempos de crisis.

Pero el trasfondo de mi bucólica estampa es, en realidad, dramático. La sequía que azota Kenia en los últimos años y que castiga con mayor dureza a las áreas semiáridas del país (nada menos que un 83%), se ha intensificado considerablemente en los últimos meses, causando estragos en gente que vive básicamente de la tierra y el ganado. Así que ni virgen de la cueva ni masaai danzando a la intemperie que valgan. Aquí los pájaros cantan, las nubes se levantan, pero el cielo keniano permanece impasible ante una población castigada cuya tercera parte, por cierto, vive en condiciones extremas.

Supongo que si tuviera que escribir el guión de una catástrofe apocalíptica (una de tantas historias con las que de vez en cuando nos acojona, con perdón, la cartelera), no tendría más que echar un vistazo a los periódicos. Las fotos son devastadoras: llanuras alfombradas de animales muertos bajo el sol; racimos de bidones de plástico atados a bicicletas que transportan un agua de color más que dudoso; cientos de niños abandonando la escuela para dedicarse a conducir escuálidos rebaños en busca de pastos; ganaderos transportando ejemplares moribundos que fallecen antes de poder ser malvendidos a especuladores que los compran por seis veces menos de lo que valen; ríos y lagos secos en parques naturales que no cesan de restar estrellas a su único y valioso elenco turístico…

 

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El goteo diario de animales muertos no se había dado en Kenia desde hace treinta años. Según expertos veterinarios, unos 30.000 animales han sucumbido a la sequía entre junio y septiembre. En Naivasha, mueren una media de 20 especies al día, lo que también ocurre en otros parques como Nakuru, donde los famélicos búfalos caen desplomados alrededor del fantasma de un lago reducido a estiércol de flamenco…

Éstos, junto con los elefantes y los hipopótamos, se llevan la peor parte: en Tsavo, 109 elefantes han muerto desde julio y unos 80 hipopótamos en cuatro meses. En el caso de los hipopótamos, especie que sólo existe en África, es la primera vez que afrontan una amenaza tal para su supervivencia, pues, acostumbrados a sus zonas de pasto habituales, son incapaces de buscar alternativas en casos de escasez. La desesperación hace que algunos animales mueran al ingerir las hojas de árboles venenosos. Y desde luego, esa misma desesperación les vuelve más agresivos contra el hombre. Ya se han dado al menos cuatro incidentes en este sentido, el más reciente: el fallecimiento de un hombre mientras se bañaba en un lago, al embestirle un hipopótamo y partirle el cráneo.

Pero sin duda el espectáculo visual más macabro para nuestra “película” habría que buscarlo en la Kenya Meat Commision (KMC): 10.000 animales esperando entrar al matadero, de los cuales 100 mueren diariamente antes de lograrlo.

Y es que esta factoría, en un intento de ayudar a los ganaderos, recientemente se dedicaba a comprar animales a los pastores incapaces de proveerles de alimento. El precio estándar era inferior al habitual pero más o menos digno (8.000 chelines). El caso es que de las 7.000 cabezas de ganado recibidas por la KMC, 2.000 han muerto antes de acabar septiembre. Además, la llegada masiva de animales moribundos, ha transformado el lugar en un siniestro cementerio animal, por lo que incluso han tenido que arrendar la tierra de una vecina compañía de cemento. Algunos residentes de Athi River, la zona donde se ubica la KMC, han tenido que cerrar sus negocios debido al insoportable hedor de los cadáveres…

 

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¿Medidas? Haberlas las hay, pero resultan aisladas por insuficientes. Y desde luego no se basan en previsiones a largo plazo (como casi nada, aquí…). El gobierno ha destinado unos 90 millones de dólares para proveer a la población más hambrienta con sacos de maíz. Por su parte, la comunidad hindú, a través del Consejo Hindú de Kenia, se ha movilizado para alimentar al ganado de los pastores Masaais…

Una piensa en lo que Israel, por ejemplo, ha hecho de su desierto y compara. ¿Qué hay de los proyectos a largo plazo, de la construcción de presas, pozos hidráulicos…etc? Al menos, eso sí, la Comisión Europea y la Cooperación Alemana para el Desarrollo han firmado recientemente una inversión de 1,7 billones de chelines para proyectos urbanísticos. Entre ellos, la ubicación de kioscos de abastecimiento de agua para 1,4 millones de personas en zonas urbanas deprimidas.

Con todo, sólo un 60% de la población urbana tiene acceso a agua, 55% si es  sanitaria. En uno u otro caso, el acceso al líquido elemento se cobra, y se cobra caro. Una noticia reciente demuestra que a perro flaco todo son pulgas: un fallo en las tuberías de Mombassa ha hecho que el agua se mezcle con residuos fecales. Hablando mal y pronto, la población más deprimida de la región paga por beberse la mierda.  

Y luego están esos contrastes que a una le dejan con la boca abierta: ¿Os imagináis a un pastor analfabeto introduciendo su pin en un microchip para obtener su ración de agua? No es una broma. Me refiero  a un proyecto piloto puesto en marcha en Katulini, distrito de Yatta, una región muy perjudicada por la sequía. Agua electrónica, lo llaman. Ha costado 2,5 millones de chelines y de ello se beneficiarán, dicen, 4.500 personas. La compañías Kenya Red Cross Society, Safaricom y Grundfos Lifelink Limited  han sido las artífices. El agua proviene de un tanque de 10.000 litros, junto a catorce paneles solares. Un chip de plástico blanco y negro, del tamaño de una moneda, funciona como una llave que dentifica al usuario mediante un número pin con él que puede acceder al agua desde un simple sistema electrónico instalado cerca de su casa. El dinero se carga como si fuera una tarjeta prepago y el mismo sistema permite consultar el saldo de la cuenta.

 

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Y todo esto, en vistas de la próxima convención de Naciones Unidas en Copenhague, donde los gobiernos tratarán de hacer viable el acuerdo climático que Kioto no pudo. Los expertos advierten que el mundo se enfrentará a un incremento de tres grados centígrados este siglo: cinco, en el caso de Kenya para 2010. La sequía continuará y posiblemente sea más severa, mientras que en otras partes del país las lluvias podrían intensificarse, provocando inundaciones. El aumento del nivel del mar afectará por ejemplo a Mombassa, de forma que el 17 por ciento de su territorio podría sumergirse 30 centímetros. En total, se estima que unas 200 familias podrían ser evacuadas por inundaciones en la zona oeste del país.

El caso es que la pronta recuperación de la economía, incluyendo las producciones de té y café, depende de la estación de lluvias “cortas” que abarca de octubre a diciembre. Claro que los efectos de El Niño son imprevisibles… ¿Que qué es El Niño? Pues un fenómeno meteorológico ocasionado por el cambio de la temperatura del mar en el Océano Pacífico, que trae consigo sequía en algunas áreas y fuertes tormentas y temporales de lluvia en otras…, Aún así, el gobierno asegura estar preparado para aprovechar  al menos el 70% del agua que el mencionado Niño (o Nino, para los kenianos) traiga. Veremos…

Hace poco leí una tira cómica que ilustraba todo esto a la perfección:

Primera viñeta, titulada “Ahora”. Aparece un mendigo en un desierto lleno de carcasas de animales, diciendo: “Pedimos ayuda a la comunidad internacional debido a la sequía y bla bla bla…”

Segunda viñeta, titulada “Dentro de unos meses”. El mismo mendigo, encaramado a un árbol en un paisaje anegado de agua, exclama: “Pedimos ayuda a la comunidad internacional debido a las inundaciones y bla bla bla …”

No hace falta explicar más, ¿no? 

Big Seven

Escrito por findingnairobiland 25-09-2009 en General. Comentarios (1)

 

Cuentan las malas lenguas de la fauna salvaje que el rey está depre. Incluso él sabe que entre toda la variedad de especies que ofrece el continente africano, sólo cinco son los considerados Grandes (Big Five) y, por tanto, los más apreciados por el turista, ávido de nuevos fichajes fotográficos. Dichos animales no son otros que el elefante, el rinoceronte, el búfalo, el leopardo y, por supuesto, él mismo… O eso creía hasta ahora.  

 

Amanece en Masai Mara. Racimos de arterias secas surcan la tierra, salpicada de carcasas óseas y matojos pajizos que pinchan el aire como cuchillos. La inmensa lámina de papel cebolla que sostiene el cielo, se arruga en nubes esporádicas sin intención de llorar sobre la sedienta llanura. Durmientes, enfermos o simplemente holgazanes, los animales se refugian bajo la exigua sombra de paraguas rotos.

Hoy, como todos los días, el rugido de un motor anuncia la llegada del hombre: ya huele a carne desde aquí. Inapetente y aburrido, el león bosteza, harto de estos armatostes ruidosos que a diario invaden sus dominios sin permiso. Desconfía de ellos, aunque le consuela su aburrida previsibilidad: sabe exactamente dónde pararán para olfatear las inmediaciones y sabe que si el hombre consigue detectarle, se limitará a observar, entre temeroso y admirado, a través de ese ojo postizo que parpadea y hace click de manera indiscriminada. Luego, simplemente, se irá.

En efecto, la bestia de hierro se aproxima hasta detenerse, envuelta en una serpiente gorda y torpe de polvo zigzagueante. Un par de cabezas asoman desde su lomo metálico. Dispuesto ya para su mejor posado, el león se incorpora a tiempo de comprobar que dos matatus blancos repletos de turistas se han detenido también en el mismo punto. De repente se oye: “¡Ahí, ahí!”, como si eso por sí solo fuera una coordenada geográfica. Las miradas se disparan hacia todos los lados posibles. Alguien apunta que podría ser una falsa alarma, porque cosas así nunca suelen verse y menos tan de cerca. El león decide ser magnánimo por un día y lo pone fácil. Con altanera parsimonia camina hacia la pista de tierra ocupada por los tres vehículos, hasta que uno de los humanos señala por fin con el dedo: “Ahí, ¿no los veis? ¡Son ellos!”

Pero no le está señalando a él.

Todo el mundo se pone a disparar fotos desesperadamente en dirección al primer vehículo. Desconcertado y confuso, el león trata de divisar a sus nuevos rivales: juraría que aquella pareja de bípedos sin pelaje no son más que dos simples humanos. Consigue distinguir a una hembra escuálida y felina que tolera el acoso entre impasible y molesta, mientras que el macho la abraza, tratando de protegerla, hasta que emite una orden rotunda para que el conductor reemprenda la marcha. Entretanto ambos procuran ocultarse, pese a que los objetivos de los otros apuran su distancia focal tanto como pueden.

El león, con un leve y desganado gruñido, aprovecha entonces para hacerse notar: tal vez ahora estos necios paparazzi sepan reconocer dónde está el buen espectáculo. Pero no le sirve de nada, porque los matatus ya se han decidido por la persecución del todoterreno, ahora fugitivo, y desaparecen a trompicones. Un rojo y tupido telón de arena deja al rey de la selva sin fotos, sin público, en silencio.

Con el amor propio algo resentido y arrepintiéndose de no habérselos zampado a tiempo por idiotas, el rey de la selva decide finalmente regresar con sus cachorros, que son más de seis y  andan solos, mientras su mujer le consuela con este dato y a lametazos, recordándole que él es mucho más guapo. Aún así, la fútil fama es caprichosa incluso en Masai Mara, y el león sabe que al menos esa noche, ningún humano hablará de él durante la cena.

 

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*Nota: Brad Pitt y Angelina Jolie viajaron a Kenya a mediados de este mes. Su estancia incluyó una visita al Parque Natural de Masai Mara donde parece ser que, además de discutir, disfrutaron de unos días de safari alojados en el Cottar 1920 Safari Camp.

Spain is different

Escrito por findingnairobiland 17-09-2009 en General. Comentarios (0)

 

…Y bizarra. Eso sobre todo. Y si no que se lo cuenten a Mike Owuor, redactor del Crazy Monday (anexo dominical del diario keniano The Standard), que el pasado 14 de septiembre tuvo la deferencia de dedicarnos un artículo a toda página con el fin de profundizar en la cultura española. Partiendo de la base de que en Nairobi toparse con una noticia que tenga que ver con nuestro país y no con su fútbol es más improbable que ver a la Preysler haciendo un anuncio sobre pérdidas de orina, puedo asegurar que sólo leer la palabra España en un titular fuera de la sección de deportes, ya me provocó una especie de orgasmo patriótico, inesperado e ilusionante (lo que hace estar fuera). Hasta que lo leí, claro…  

 

Bajo el titular: "Spain’s bizarre festival", empezamos bien, se nos ilustra acerca de una “arraigada” tradición en la península, concretamente en Castrillo de Murcia (Burgos), que dicho sea de paso es un pueblo que apenas roza los 200 habitantes, aunque ese dato obviamente se ha omitido. El autor nos presenta dicha festividad como tipismo español a la altura de los San Fermines o La Tomatina, tales son las dos referencias que menciona, e ilustra su relato con tres generosas fotos que dejan a Freddy Krugger a la altura del betún.

A mí que me perdonen los burgaleses pero servidora no tenía ni pajolera idea de que en España se practicaba el salto baby-olímpico. Y me explico: La fiesta de El Colacho, nombre que alude a un personaje así llamado, que es la representación del diablo, consiste en que unos señores disfrazados del susodicho asustan a diestro y siniestro a los habitantes del pueblo al fin de librarles del verdadero demonio. El punto álgido de la celebración es liberar del mal también a los bebés nacidos ese año. Así que ni cortos ni perezosos, los colachos, equipados con látigo y porra y enfundados en un llamativo mono amarillo y rojo (además…), saltan sobre unos colchones instalados en medio de la plaza del pueblo. Hasta aquí todo entra dentro de lo meramente pintoresco, de no ser porque en esos colchones yacen un montón de BEBÉS presumiblemente asustados. En fin. Yo también lo estaría si un mastodóntico engendro de Piolín se abalanzara sobre mi persona, mientras mi madre contempla entusiasmada el espectáculo.  

Lo cierto es que detrás de esta temeraria prueba de pericia acrobática, hay una tradición que se remonta a 1620 y que tiene, como muchas otras costumbres centenarias locales, un origen religioso que ha ido derivando en lo pagano. Actualmente la sigue dirigiendo la cofradía del Santísimo Sacramento, también llamada archicofradía de Minerva, que data del siglo XVI...

 

Todo eso está muy bien pero no me vale para explicarle a la cajera de mi supermercado que en España no nos dedicamos a saltarle por encima a los recién nacidos. Ya me miraba con desconfianza el otro día cuando me vio hacerle una mueca simpática al bebé que tenía al lado. Igual quiso ver en mí una actitud presta a exorcizarle y me imaginó de repente cogiendo impulso y dando una zancada por encima del brócoli, la leche, los yogures y el mocho de la fregona hasta llegar más allá del carrito del bebé… o no.

 

Es innegable el carácter efectivamente excéntrico y anacrónico de muchas de nuestras fiestas populares y me parece correcto que se hable de ello, para bien o para mal. Sin embargo, y teniendo en cuenta la riqueza cultural de un país como España, ¿por qué elegir el chascarrillo folclórico de turno como muestra representativa de un país? Ya puestos, ¿por qué el amigo Mike Owuor no habla también del famoso festival del queso rodante de Inglaterra, por ejemplo, en el que seguro más de uno se rompe la crisma persiguiendo a un queso por un precipicio, y lo presenta como ejemplo de la cultura bizarra de nuestros vecinos británicos? Es más, ya sólo teniendo en cuenta que El Colacho forma parte de las celebraciones del Corpus Christi, y que este año ya han tenido lugar, ¿no hubiera sido más noticiable dar cuenta de alguna otra celebración no desfasada, como por ejemplo la que tendrá lugar en nuestra capital este mismo sábado? ¿No es tan curioso y desde luego más apasionante que una ciudad entera se eche a la calle durante toda la noche para disfrutar del verdadero espectáculo del arte y la cultura de calidad en todos sus ámbitos y de forma totalmente gratuita?

 

Me refiero a La Noche en Blanco, señor Mike Owuor. Tome nota, no sea que las musas (o los colachos) no le visiten de cara al artículo del próximo domingo. Y sepa usted, por cierto, que eso también es España.

 

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