Finding Nairobiland

divagaciones

Coca Cola y memoria

Escrito por findingnairobiland 11-05-2011 en General. Comentarios (3)

 

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Cómo mola tener amigos.  Los amigos son geniales: Te refrescan, te reconfortan,  son la chispa de la vida… Ellos son la verdadera Coca Cola.  Siempre están a mano y siempre caen bien. Algunos, porque te hacen sentir especial. Otros, que acaban siendo los de siempre, porque consiguen justo lo contrario: que te sientas normal. Y eso es algo que, no sé fuera, pero aquí, se agradece.

 

¿…Que por qué me pongo yo en plan libro de auto-ayuda infumable, patrocinado por una marca de refrescos? Pues por esto:

Hace poco he recibido una grata noticia por parte de una de mis recientes coca-colas (vaya por ella este artículo): casi sin estrenar, burbujeante y llena de vida. Esta amiga en cuestión, a la que llamaremos Mari Scully, afirma que “el cerebro es una chapuza humana”, lo que significa que nuestra memoria, en general, es lo que es y no da para más. Que sí, que me lo ha dicho Mari Scully y a ella se lo ha dicho Eduard Punset y a Punset un tal Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York. Ya de entrada me fío de Mari Scully, pero es que además si lo dice el señor Punset… yo me lo creo. Un tipo con ese pelo tiene que ser listo por necesidad.  De hecho, los hombres más sabios de nuestra historia siempre tuvieron marañas  o se quedaron calvos, rara vez ha habido término medio.

Pero es que además, yo quiero creerle. ¡Necesito creerle! Me encanta la idea de poder echarle la culpa a la Naturaleza en lugar de a mí misma por ser un completo desastre. Después de años preguntándome dónde demonios tengo la cabeza, puedo dejar de sentirme una inadaptada piltrafilla. Mis olvidos sólo significan una cosa: que soy un eslabón NORMAL de la evolución. O dicho más religiosamente: que soy humana, a imagen y semejanza del Creador (que Dios estuviera a por uvas cuando le tocaba programarnos tampoco dice mucho de su memoria…)

Lo crea o no exagerado el  lector, esta afirmación científica supone todo un alivio para una desmemoriada como yo. El complejo cerebro humano es lo más parecido a un “apaño” biológico, dicen, lleno de maravillas pero también de imperfecciones. Y no lo podemos evitar. Así que adiós por fin a la constante sensación de Alzheimer prematuro y a mi complejo de mente sedentaria: nunca hago sudokus, ni crucigramas ni juego al Cifras y Letras con la tele ni por supuesto memorizo un solo número de teléfono (pa qué, teniendo la agenda de un móvil que pueden robarme en cualquier momento...) Por no recordar, ni recuerdo el número de mi pasaporte, pese a las decenas de impresos que he rellenado ya en todo el tiempo que vivo entrando y saliendo de este país…

Yo pertenezco a ese desquiciante colectivo que explica los sitios con frases tan ilustrativas como “Si, hombre sí,  allí, donde estuvimos aquella vez…”  o la  que siempre que accede a algún registro no solo descubre que ha olvidado su propia contraseña sino también la ubicación del documento que abrió expresamente para almacenar todas las contraseñas por si se le olvidaban… También soy de esas que constantemente tiene cosas en la punta de la lengua. Tantas, que a mis treinta y pocos podría matar a alguien de un solo escupitajo de memoria súbita.

Por no hablar de los cumpleaños. Si felicito a alguien a tiempo, cualquier parecido con la memoria suele ser pura coincidencia. Aunque aquí hay atenuantes: Antes eran sólo los amigos. Y ahora son los maridos, las mujeres, novios, novias,  o nuevas novias y/o novios y/o mujeres y/o maridos de los amigos y los hijos de todos éstos, más cuñados y suegros (que esos sí que te la guardan, será por memoria…). Y este mayo… ¿pero cuánta gente nace en mayo, por dios?  

Entre los momentos más violentos de la falta de memoria para un expatriado, destacaría aquellos que tienen que ver con esas personas de cuyo nombre no te acuerdas o que conoces, pero no sabes de qué. Eso es bastante común teniendo en cuenta el trasiego de un destino “de paso” y la eventualidad de ciertos encuentros. Está el famoso apaño de “¡Ay, perdón, se me había olvidado presentaros!” cuando los interesados ya se deciden a hacerlo por cuenta propia, librándote así de acordarte de sus nombres. Pero la otra situación (el “sé que le conozco pero no sé de qué”) no tiene remedio: Si cuando miras a alguien le mantienes la sonrisa, mientras tu memoria centrifuga hipótesis varias, se te queda cara de fumada hagas lo que hagas y el individuo acaba por pensar que te ha dado un mal aire.

Aunque las hay peores que yo (a la gaditana ni la nombro)... Recuerdo un viaje de una coca-cola española que creyó haber perdido el pasaporte nada más aterrizar en el aeropuerto de Madrid. Antes de ponerse a buscarlo concienzudamente, su imaginación viajo años luz más rápido que su memoria, de manera que en menos de cinco minutos estaba llorando ante la ventanilla del policía de la aduana, recriminándole que un peligroso terrorista estaba en ese preciso instante entrando en su país para atentar contra gente inocente y ¡¡¡en su nombre!!! Hasta que el dedito certero de alguien en su espalda vino a decirle: “Hay algo cuadrado y marroncito en tu bolsillo”.

No digo yo que no influya la alimentación. Yo reconozco que nunca como rabitos de pasas (que según otra antigua coca-cola mía, es lo mejor para fortalecer la memoria). Pero claro, ¿Dónde coño venden rabos de pasas, que yo nunca los veo? ¿No sería más fácil incluirlos directamente en los Special K?

No obstante ser despistado tiene su punto. Olvidas pronto los malos rollos – para ser rencorosa necesitaría más espacio en mi agenda- y de cuando en cuando hasta te sale el lado romántico. No puedo evitar acordarme de El Cigala entonando ese “Se me olvidó que te olvidé” como una preciosa forma de contradecir a la memoria…

Así que permítame el lector ser auto-condescendiente, ya que hablamos de una condescendencia por lo menos científica. Si es verdad que el cerebro no clasifica los recuerdos, que es más bien un cajón desastre, lo de la memoria selectiva deja de ser una excusa para convertirse en una cuestión de limpieza. Y una es despistada, pero limpia. No me refiero sólo a que tendemos a recordar más aquello que nos gusta y en lo que por tanto ponemos atención. Me refiero a que tal vez, llega un momento en que la cabeza tiene que soltar lastre –   que los pensamientos y los recuerdos también engordan, seguro- y hace una criba natural. Si la vida es una constante acumulación de recuerdos, también, por fuerza, lo tiene que ser de olvidos. Hay que compensar.

Además luego están esos otros recuerdos que quedan, como telarañas en el subconsciente, los hayas seleccionado o no: A menudo me sorprendo a mí misma visualizando detalles aparentemente triviales de situaciones que han pasado hace años. Esas imágenes de nuestra cabeza, nunca tengo claro si son del todo verídicas o reinventadas, pero son inevitables…

Y a lo mejor eso tiene que ver con los flashbacks nostálgicos que se van edulcorando con el tiempo, que adornamos hasta idealizarlos, tal vez por interferencias con otros recuerdos, hasta que el tiempo les da ese barniz de perfección irrecuperable…  Todo eso tan bonito acaba en el típico abuelo o abuela batallitas, cómo no.  

Cuando pasas mucho tiempo en Nairobi y regresas a España, también te falla la memoria. Al automatizar diferentes aspectos del día a día aquí, acabas haciéndolo también allí… cuando ya no procede.  Así, te puede pasar, como a otra querida coca-cola mía, que te quedes a verlas venir en el Hipercor esperando que un alma cándida te meta la compra en las bolsas como hacen aquí, en el Nakumat. Al cabo de un par de minutos de desconcierto (ajeno, porque tú estás tan tranquila), en lugar de un keniano más o menos solícito y sonriente embolsando tus cosas a dos por hora, oyes un “¡Vamos, reina, que hay cola!” de la cajera de las mechas.

Otro síntoma inevitable de pasar mucho tiempo en un país angloparlante como Kenia, es que cuando te zambulles en la marabunta urbana de Madrid (desacostumbrada ya a chocarte con la gente) te pasas el día diciendo sorry sorry a destajo, lo cual, dependiendo del conocimiento del idioma de tu interlocutor, le puede sonar a “zorra zorra” pero desde el cariño. O se te puede olvidar, como ocurre a menudo, la ubicación de los mandos del vehículo (en Nairobi el volante está a la derecha), de modo que en España adelantes a los coches activando alegremente el parabrisas. Pero también, y esto es lo peor, puede que te olvides de que en Madrid hay una red viaria asfaltada y empieces a gemir a lo Meg Ryan en medio de la carretera de  Burgos como si la sola experiencia de montar en coche te provocase el mayor orgasmo de tu vida.  Ay qué lisito, ay qué asfaltadito, ay que gustito, ayayay….  

Pero también estando en Nairobi olvidas cosas más serias e importantes. Concretamente algo que siempre dice mi querida coca-cola bilbaína: Cuando nos quejamos, a menudo olvidamos de dónde venimos y a dónde hemos llegado. Si hiciéramos un mínimo esfuerzo en no olvidar eso, donde estábamos hace un tiempo, y dónde estamos ahora, seríamos mucho más conscientes de los logros que el tiempo, la madurez, las oportunidades o el propio devenir de la vida nos han regalado.

Me pregunto cómo recordaré Nairobi cuando me vaya, lo cual me obliga a “beberme” otra coca-cola más: Un amigo español que vive aquí desde hace muchos años, siempre dice que uno llega a esta ciudad quejándose pero se marcha llorando. Por qué no… Veo plausible irme de aquí y acabar olvidando el tráfico, el polvo, la inseguridad, este tiempo de goma, parsimonioso hasta la saciedad, la vida híbrida de provincianismo exótico y multicultural… ¿Pero cómo olvidar esta luz, este verdor, la tierra roja, los pájaros, el cielo, las sonrisas, los senderos serpenteados de buganvillas, el espectáculo libre de la vida salvaje, la gente, los niños…? En ese sentido, y con la mente puesta en otras dos coca-colas que cambiarán de latitudes en breve, ya averiguaré qué pervive de Nairobi en su memoria…  

Claro que… Hay quien afirma que no existen las casualidades y yo he relacionado casi inconscientemente la memoria con los amigos y con las personas que queremos en general…

Un párrafo y varias coca-colas después, descubro la razón. Los mejores recuerdos de nuestra vida tienen mucho  o todo que ver con ellos. Nuestros seres queridos son el mejor antídoto contra la chapuza humana que es nuestra  memoria porque sólo ellos tienen la impagable virtud de recordarnos quiénes somos.

 

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Y – ahora – manda - “este mail”- a –veinte – amigos – importantes- para- ti- en- menos- de- una- hora- o- te- caerá- la- maldición- de- la- Pepsi- chunga- y- te – quedarás- amnésico- perdido- a- causa- de – una- lesión- cerebral- en- el- Alcampo.  (¿o era en el hipocampo?)

Acostumbrarse

Escrito por findingnairobiland 15-02-2011 en General. Comentarios (2)

 

Ayer se me suicidó un gecko. Sí, hombre sí, un gecko: Gecko, geco, gueco… Salamanquesa en mi pueblo. No es la primera vez. Hay quien dice que los geckos no se suicidan, que sólo se caen, y que ni siquiera se matan. Pero  yo sólo sé que de vez en cuando estoy tranquilamente en casa leyendo y oigo un plof en el suelo del salón. Ese pequeño golpe seco y repentino resulta ser uno de esos pequeños camicaces en caída libre desde las vigas del techo o la pared. Ocurre, sobre todo con los más pequeñitos y eso me encoge el corazón. Luego pienso que son sólo simples lagartijas. Se comen a los bichos, qué bien, y hay cientos más por toda la casa. No pasa nada porque uno más se malogre. Total, ya estoy acostumbrada.

 

La semana pasada dos hombres entraron en casa de un matrimonio keniano y le asestaron un hachazo en la cabeza al padre de familia. Así, sin más. Me lo contó mi asistenta la misma mañana del suceso y me pidió permiso para ir al hospital a ver a la víctima, su padre, el cual resultó milagrosamente vivo, tras una operación en la que hubo que sacar la sangre que había penetrado en su cerebro. Primero tuve que asumir que me lo contara ella, que no fuera una historia que yo estaba leyendo en el periódico con esa reconfortante pátina de distancia que tienen las cosas que lees pero no vives. Después, tuve que resignarme a aceptar que fuera cual fuera la razón del trágico incidente (robo, ajuste de cuentas… etc.) y las consecuencias para los malhechores –a uno de ellos lo atrapó la policía keniana- yo nunca lo sabría. Está demasiado lejos de mi alcance aunque haya pasado extraordinariamente cerca de mi entorno. Ocurre muchas veces, aquí se oye de todo. Y total, ya estoy acostumbrada.

Una noche, hace algo más de un mes, un grupo de expatriados que iban en diferentes coches en convoy  a una fiesta en el distrito de Karen, pasaron por un cruce en el que había un cadáver a la izquierda y un ahorcado a la derecha. No todo el mundo lo vio, pero ese fue el primer comentario de la velada entre los avispados que sí se habían dado cuenta: “¿Os habéis fijado en los dos cadáveres de la carretera…? ¿En serio? Qué fuerte. ¿Me acercas el vino blanco?” Por supuesto nadie supo la identidad de esos dos hombres ni por qué sus cuerpos estaban expuestos así  y tampoco nadie, bajo ningún concepto, habría osado pararse para averiguarlo, ni siquiera para verificar si el presuntamente muerto –el menos visible- estaba aún vivo… Sobre todo, porque ese cívico gesto de "asistencia en carretera" podría haber provocado que alguno de nosotros acabara como ellos. La noche, fuera del vehículo, es oscura y traicionera y nunca se sabe, aún menos aquí, qué emboscada puede acechar detrás de una escena como esa… Así que la misma gente que vio u oyó o ni siquiera se enteró de que había dos muertos a tan sólo un par de kilómetros de aquella casa, se pasó el resto de la noche bebiendo y bailando. Yo incluida. Total, ya estoy acostumbrada.  

Acostumbrarse… El ser humano se acostumbra a todo, tarde o temprano. Y más temprano que tarde, aquí nos acostumbramos a lo bueno: A tener chófer,  servicio doméstico, niñera, jardines capaces de albergar una boda, invitaciones a eventos casi todas las semanas, nuevos amigos que te llaman y escriben casi a diario y que conocen tus horarios casi mejor que tú mismo, el sol, la lluvia, los safaris, hoteles de ensueño…

Pero nos acostumbramos también a bloquear las puertas y subir las ventanas, a conducir más rápido por las noches e igual de agresivos por las mañanas, a jugarnos la vida en carreteras infames donde la temeridad es, precisamente, la costumbre. Nos acostumbramos también a que nuestros empleados se endeuden a base de pedirnos adelantos con mil excusas quién sabe si ciertas, a contar con los atascos, la luz que se va, internet que no funciona, las averías mal reparadas, el polvo, la lentitud e ineptitud, las cervezas nunca suficientemente frías, las fiestas que cambian de ubicación pero nunca de disc jockey…

En Nairobi acabas acostumbrándote hasta a quejarte de aquello a lo que no te acostumbras. Es una cuestión de supervivencia, de salud mental, de priorizar el limitado y cómodo corralito de tu vida frente a lo que pasa ahí fuera, demasiado cerca, sí, pero fuera. Te acostumbras a disfrutar lo que tienes  sin sentirte culpable porque la inmensa mayoría aquí no lo tenga. Dejas de hacerte preguntas, o al menos de exigirte respuestas, ante una realidad que ya lo era cuando vivías en España, solo que desde allí no tenías tiempo o necesidad de cuestionarte nada…

Una vez que decides no mojarte por si te ahogas, (y cómo y por dónde empiezo y para qué y, uy, qué marrón, esto me viene grande…) aceptas mantenerte en una cómoda segunda línea que te permite asistir como privilegiado oyente más o menos “sensible”. Y desde ahí, te acostumbras a la solidaridad en la abundancia, pues eres testigo de la pobreza ajena más que nunca en tu vida, justo en el periodo de tu vida en el que más derroche de comida, bebida y livinglavidaloca ves a tu alrededor. La conciencia humanitaria se convierte en una temática más de la vida social, una hipocresía que te incluye y de la que nadie es culpable. No es más que la puñetera contradicción de la vida,  algo que en África no sólo se ve, sino que también se toca, se huele, se siente y todo lo pudre. Acabas reafirmando el abismo incontestable que existe entre tu cultura y la de esta gente y te acostumbras a que algún memo llame a eso racismo.  A la larga,  te das cuenta de que la violencia y el dolor ajeno que antes veías en los telediarios, sigues digiriéndolos  bajo la misma capa impermeable, tediosa y desesperanzadora. Porque aquí también acabas acostumbrándote.

¿Los geckos se caen o se suicidan? Y yo que sé, si yo no soy un gecko. Si nunca he sido ni jamás seré un gecko. Si por más que oiga el plof, incluso en el mismísimo salón de mi casa… siempre son ellos los que caen.

Aunque en el fondo no lo entienda. Ni me acostumbre. 

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Cómo vivir despacio y no matar en el intento

Escrito por findingnairobiland 14-11-2010 en General. Comentarios (1)

 

Estoy en el supermercado. Decido añadir un estropajo a mi carro de la compra. En la balda hay muchos, pero yo, desafortunadamente, escojo justo aquel que olvidaron etiquetar. Llego a la caja. Espero la cola. Sigo esperando. Por fin me toca. Me afano en apilar con celeridad todos mis productos sobre la cinta transportadora, incluyendo el estropajo. Y espero, mientras contemplo con orgullo la compilación perfectamente ordenadita de mi compra. Qué apañada que soy.

El lector del código de barras hace su trabajo hasta que llega el estropajo. El cajero lo pasa pero no pasa. Lo vuelve a pasar y vuelve a no pasar. Vale. Mira al estropajo, luego a la pantalla de su ordenador. Da la vuelta al estropajo, lo estudia, lo menea, como si por ciencia infusa la etiqueta hubiera echado patas sólo para fastidiarle,  y se hubiera escondido, la muy puñetera, en algún  recóndito poro de la esponja. Finalmente, el cajero llega a la conclusión de que la etiqueta se ha escapado. No está.

Durante los siguientes treinta segundos, sigo esperando y aún me aguanta la sonrisa. Pero a partir de ese momento, y ante la cara impertérrita del cajero cambio el gesto. Empiezo a desesperarme, y en consecuencia a divagar: divago sobre lo tarde que es, sobre todo lo que lo que tengo que hacer esa mañana, sobre la hipótesis de que incluir un estropajo en la compra tal vez no fuese una buena idea,  sobre quién me mandaría a mi venir a hacer la compra y sobre quién me mandaría a mí venir a Kenia.

Al constatar que el cajero sigue bloqueado en sus particulares mundos de yupi nairobitas, pues sigue limitándose a marear el estropajo mientras se rasca el cogote, fantaseo con la idea de de que el estropajo es un ladrillo y que lo puedo usar como arma arrojadiza. Inmediatamente tengo un acceso de culpabilidad y me pregunto si soy racista por querer agredir a un negro con un estropajo y desistir sólo porque no es un objeto suficientemente contundente. Después rectifico, divagando con la idea de que la falta de hervor es una cosa y la raza otra, y descubro que me importa un pimiento –etiquetado-  que ese fulano incompetente sea negro, blanco, verde o amarillo. Mi mundo se acaba de congelar a causa de un estropajo y yo sigo esperando mientras la vida, allá afuera, sigue. Irremediablemente, empiezo a divagar con la posibilidad de decirle que lo deje, que ya no quiero el estropajo, que me apañaré sin él, así tenga que fregar los platos con un cepillo de dientes. Sobre todo cuando presiento que el cajero se dispone a mandar a alguien a que busque otro estropajo y que eso puede llevar entre otros cinco o diez minutos...

Pero entonces, ya es tarde. El cajero empieza a hablar con su compañero, que lleva ahí desde el principio, y que no es otro que el mozo de las bolsas (en los supermercados de Nairobi, siempre hay alguien que te mete la compra en bolsas, pero eso es carne de otro artículo…). Debido al tiempo que dura la conversación y el tono de la misma, aunque no tengo ni idea de swahili, mi divagación me lleva a adivinar lo que hablan. Intuyo que viene a ser algo así:

Qué pasa, tío.

Pues nada, aquí estamos... Embolsando.

Qué tal la familia y eso.

Bien….

Ah…

…¿Qué te estaba diciendo?

No sé, tío.

Ah…

Oye, ¿qué haces con un estropajo en la mano?

Ah. Es que no tiene código de barras.

Ah.

¿Y qué hacemos?

No sé, tío.

Ah.

¿Y si vas a por un estropajo con código de barras y lo traes?

¿Ahora?

Digo yo (o puede que dijera ndyo, que viene a ser un poco lo mismo)

Ah.

Vale.

¿Y dónde están los estropajos?

No lo sé, tío. Allí.

Ah.

Sawa, sawa (o sea: chahi, vale, pistonudo…)

 

Y el fulano se va en busca del estropajo como Caperucita se fue a casa de su abuela. Entonces divago con la idea de que haya un lobo feroz que se lo coma. Y sigo divagando. Divago con las únicas dos opciones que me quedan: Regresará o no regresará. Muchos minutos más tarde sí que regresa. Pero para entonces yo ya estoy cabreada como una mona…

 

Ayer leí en el periódico que las mentes que divagan son almas infelices, lo que, a la vista de todo lo anterior me convierte en una desgraciada.

Claro que no soy la única. El keniano por naturaleza también divaga. Mucho, ¡muchísimo! De hecho, tras casi un año y medio viviendo en Nairobi, empiezo a creer que el concepto divagación se inventó en África, y que los primeros divagadores reposan aquí, materializados en los huesos de nuestros prehistóricos antepasados.  

¿O qué puede ser sino la divagación lo que provoca que todo aquí se convierta en una eterna cámara lenta con Carros de Fuego de fondo? ¿Será la divagación uno más de los males de este continente? Que yo sepa, no existen ONGS ni organismos internacionales para hacerle frente y  sin embargo ahí está, propagándose como la peste, sin vacuna posible para  templar los nervios que puede llegar a provocar…

No es necesario recurrir a Occidente y su ritmo frenético para llegar a la conclusión de que aquí se vive despacio. Es un hecho que salta a la vista y  que no va ligado a la calidad de vida, precisamente. Digamos que llevado al terreno cinematográfico, hacer cualquier trámite en este país es lo más parecido a una coproducción chino-europea en forma de trilogía remake de 2001 Odisea en el Espacio, Siete años en el Tíbet y Atrapado en el Tiempo. Para colmo, pongamos que después de chuparte dicha trilogía decides irte a comer. Cuando te llevan el plato a la mesa ya se te ha olvidado que una vez tuviste hambre…

En Nairobi, la eficiencia aplicada a cualquier ámbito cotidiano no sólo brilla por su ausencia sino que deja de tener sentido, desde el momento en que no parece ser un valor al que se aspire.  Aquí la cosa va de pole pole, y es precisamente la reacción ante esa expresión, todo un clásico en Kenia, lo que distingue claramente la sonrisa de un turista de la de un residente. La del primero es ingenua y responde al estímulo de la novedad y lo exótico; la del segundo no es, en realidad, una sonrisa, sino un intento de disimular un cagontoloquesemenea entre dientes.

Es una pena que ciertos milagros de la sabiduría doméstica no sean extrapolables a todo un país. Desde que mi amiga Carmen, que es una mujer de recursos,  me recomendó la berza (además de enseñarme que la berza propiamente existe, más allá del nombre genérico de berza para cualquier cosa que se parezca a una berza) mi tortuga keniana empieza a occidentalizarse. De la noche a la mañana, y tras ingerir el vegetal en cuestión, la pequeña Carlabruni ha despertado de su letargo y se recorre todo el jardín como alma que lleva el diablo, contagiada por el alegre ritmo de sus ovíparos compañeros de jardín…

A falta de poder inyectar berza en el ugali de todos los kenianos bajo imperativo gubernamental (a ellos, por cierto, doble ración de berza), lo mejor, ya digo es cambiar la actitud. Porque al final todo es cuestión de actitud, y no me refiero a la suya… Si yo, en lugar de divagar, hubiese meditado… Todo habría sido distinto. Podría haber calmado mis instintos virulentos contra el sopor keniano conociéndome más a mí misma y reconciliándome con el mundo y sus entrañables matices multiculturales. Habría ejercitado mi creatividad haciendo torrecitas con mis cartones de leche para hacer tiempo, habría practicado matemáticas contando el número de barritas de vaselina o chicles con clorofila de la cabecera junto a la caja, me habría hecho amiga del cliente que esperaba – y a su vez divagaba- detrás de mí, y sobre todo… Habría respirado el fresco y puro aroma del supermercado a cualquier hora del día sintiéndome plena ya que gracias a esta ardua y simpática búsqueda del código de barras, hay un estropajo huérfano menos en el mundo…

Ay, si es que la gente que medita es infinitamente más feliz. Huelen a incienso, a vela perfumada y a té verde. Con el tiempo, se les va poniendo cara zen -mezcla de hippie vegetariano, Santa Teresa de Jesús y Eva Nasarre-, pues sólo ellos son capaces de realizar un ejercicio de introspección mística al estilo Érase una vez el cuerpo humano, hasta asomarse desde la ventana de su ombligo al milagro del universo. Qué gustirrinín sensorial y espiritual. No me extraña que nada de lo que ocurre afuera pueda irritarles. Sin la meditación sí que irrita, ya lo creo que irrita.

Una vez en Lamu, vi a un dicharachero joven  que llevaba una camiseta con el lema: VIVE DESPACIO. Supongo que hace dos años me habría parecido un simpático y bohemio mensaje, muy apropiado para nosotros, los occidentales que a veces olvidamos disfrutar de la vida. Sin embargo hoy, viviendo aquí, no dejo de ver en esa frase pura auto-indulgencia.

No obstante, soy consciente de que en un continente acostumbrado a ser la víctima del mundo y a que todos sus problemas se escriban con mayúsculas, cifras dramáticas y estadísticas alarmantes, hablar de la parsimonia africana sólo suena al menor de los males, cuando no a pura frivolidad de una prepotente mzungu más.

 

Así que Ommmm….   

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Carta a una inadaptada con tacones

Escrito por findingnairobiland 15-10-2010 en General. Comentarios (3)

 

Querida amiga:

Desde la peculiar secta de quienes jugamos a la tómbola del Destino a base de destinos, resignados cada cierto tiempo a tener que decir adiós precisamente a aquellos que empezaban a ganarse la residencia fija en nuestros corazones, aprovecho para decirte algo que olvidé mencionar en nuestro brindis de despedida… ¡Eres una petarda!

 

¿Que por qué? Pues porque hoy no me he levantado con la pereza de un lunes ni el entusiasmo de un viernes, ni con la resaca de un sueño confuso de última hora, ni con la cabeza recitando la lista de la compra, el traje que hay que recoger de la tintorería, las llamadas pendientes por Skype, el calendario de las vacaciones de Navidad, el trabajo, un blog que lleva en el limbo desde junio… Ni siquiera con la duda de si hoy hará frío o calor o de cuántas horas pasarán hasta que alguien convoque una fiesta de las de “hoy celebramos que le han quitado una garrapata a mi perro”.

 

Qué va. Hoy, sin venir a cuento, una única palabra se ha quedado flotando en mi café con leche, como un rebelde tropezón de galleta insumergible: Adaptación.

 

A cuento de qué, me he preguntado, ponerme filosoficantropológica a las ocho de la mañana. Reparar en la jungla que es la vida, en la evolución de sus especies (precisamente en Nairobi, será por especies…), la lucha por la supervivencia, la ley del más fuerte, la selección natural, eso de venir de España y venir del mono a la vez… Ay que agobio por dios, ¿Seré yo parte de las especies adaptadas al medio o seré una especie de inadaptada en medio de ninguna parte, que es distinto?

 

Así que, ya que culpar de tan espesitos planteamientos matutinos al decimonónico Darwin, pobre anciano, que en paz descanse, no es plan, he decidido que tú tienes la culpa. Que sí, amiga mía, acéptalo. La tienes. Porque eres una redomada petarda. O de quién si no era esa frase que convertiste en cabecera de todos tus discursos: “yo, la eterna inadaptada en este país…”

 

Ahora que estás lejos y que yo me he quedado con tu preciosa blusa y un generoso ajuar, creo que podré ser sincera sin temor a tener que devolverte el rosario de tu madre. Ah, se siente…

 

No estoy de acuerdo con tu frasecita recurrente. Nunca fuiste tan inadaptada como decías. Susceptible y protestona sí, eso mucho. No había día que no te enervaras por algo, por alguien o por nada. Arrugabas el entrecejo a lo Carmen, la de Bizet, y temblaban hasta las cabras del Monte Kenya. Pero tras el credo de ultimatums, nuncamais, harturas y demás soflamas de boquilla, siempre acababa imperando un corazón XL donde se empujaban a codazos la honestidad, la inteligencia, el sentido del humor, la generosidad y el valor, lo cual no está nada mal para una inadaptada.

 

Adaptación.  Y qué es eso. Y quién lo es. ¿El que consigue conducir a diario sin pegársela; el que conoce los mejores resorts de cada parque y al fontanero más barato de Nairobi; el que tiene un amigo maasai, tuvo una novia kikuyu y a veces tiene un azkari con el que ve los partidos en casa; el moderno Speke que más viaja y más amebas colecciona a fuerza de esconder la cabeza en su propia mochila con tal de no tener que sentarla nunca; el que se dedica a catar bombones de saldo los viernes por la noche y a no contarlo, por la cuenta que le trae, los lunes; el que vive la vida loca entre las limitadas fronteras de su burbuja doméstico-festiva, con un biberón en una mano y un gin tonic en la otra; el que pasa de todo (con la “ese” de pasa muy prolongada), tiene “conciencia humanitaria” y mira al resto como perdonándoles su frívola y acomodada vida; el que está aquí como podría estar en Murcia y vive lo que le toca donde le toca, sin más? ¿Quién lo es?

 

Sinceramente, no creo que nadie pueda ser un adaptado en términos absolutos, igual que no se es feliz en términos absolutos. Vivir, dicen, es precisamente un largo proceso de adaptación  a algo que nunca llegamos a entender del todo: la propia vida. Así que para qué le vas a echar cierta culpa retrospectiva a África, o una culpa futurible a lo que venga. O lo que es peor: para qué culparte a ti. Adaptarte debería significar aceptar las circunstancias positivamente y encajarlas, estoy de acuerdo. Pero también y sobre todo, luchar por seguir siendo tú, con y a pesar de ellas. Esa parte la lograste con creces, ¿no crees?  

Déjame decirte que si alguien hay en Kenia inadaptado es, en todo caso, la propia Kenia. Tal vez por eso seduce tanto como desconcierta, quema, desquicia  y a veces ahoga. Tanto como te obliga a relativizar la importancia de las cosas y alegrarte de estar vivo, algo que afortunadamente sucedió incluso en esos días en que te faltó la luz, el Fairy, el coche y las ganas. Kenia te marca porque su naturaleza primitiva encierra la aleatoriedad de la vida sin florituras. En un mundo que no espera a nadie, África tiene los santos huevos de tomarse su tiempo, a veces porque no tiene más remedio y otras simplemente porque sí.

 

Por eso, tal vez, Adaptación sea calzarse unos Manolo Blahnick en el país de la chancla, contagiando a otras mujeres el saludable capricho de mirar la vida desde más arriba; desafiar el mundo al volante y mentar a la madre que parió al conductor del matatu vecino; crear tu propia familia, compartir fiesta y corazón con tus amigos, facilitar la vida a quienes se quedan… Vivir, en definitiva, luchando por no perder tu identidad en una ciudad que a duras penas encuentra la suya.

 

Un día aparecerá algo trivial que te arrancará la nostalgia: será una foto, una canción, un ticket del Nakumat, qué se yo… Ese día estarás subida en un par de sofisticadas agujas que guiarán tus pasos por alguna ciudad de algún país del mundo… y te pondrás a recordar. Pensarás, como casi todos pensamos habitualmente, que cualquier tiempo pasado fue mejor y entonces tal vez se te pase por la cabeza que fuiste feliz en África. Sólo que para entonces estarás empezando a serlo de nuevo de la manera más tonta del mundo, como siempre le da por pasar a la felicidad: sin que nos demos cuenta. Sin que nunca seamos del todo conscientes de que se nos resbala entre los dedos, como el tiempo. De que es en ellas, en nuestras manos, donde está, querida amiga. Rara vez en el suelo que pisan nuestros tacones.   

 

Dicho lo cual me voy a ver si consigo que a fuerza de secador mi pelo se adapte al medio, aunque hoy lo veo complicado. 

 

Un abrazo, amiga.

 

 

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Perales daba clases de idiomas

Escrito por findingnairobiland 19-06-2010 en General. Comentarios (2)

 

Güerdullucamfrom? Yo, mire usted, de España, también conocido por ser todavía uno de los pocos países donde el inglés (y ya ni hablo de otras lenguas) es la eterna asignatura pendiente.

Lo que escribo a continuación poco o nada tiene que ver con Nairobi, aunque sí con esta actividad, la de darle a la lengua, tan recurrente en el expatriado. Ya que gran parte de la vida en esta ciudad consiste en llenar el carro de la compra, hacer vida social, des-recomendar proveedores de internet, oír quejarse del servicio y hablar de los otros…Qué mejor que hacerlo en varios idiomas (lo que se traduce en que a tus 33 años tienes más deberes que cuando ibas a la EGB).

Hace unas semanas mi amigo gallego, vaya por él este artículo, me comentó su conclusión al respecto de este lucrativo fenómeno consistente en pagar a alguien para que te ayude a comunicarte en su lengua sin que parezca que te falta un hervor. “Las clases de idiomas parecen interrogatorios”, me dijo. Interesante… Enseguida descubrí que tenía razón. Que hasta las más sofisticadas estratagemas del Mossad parecen un juego de niños al lado de los DEDHR (Despiadados Espías Docentes que Hablan Raro).

Y es que, aunque cada maestrillo tiene su librillo, aprender un idioma conlleva inevitablemente ser preguntado por todo… y responder. Todo empieza, eso sí, de forma natural. En los orígenes del aprendizaje, cuando uno es virgen e inocente (o por lo menos inocente), la cosa se parece más a una cita a ciegas entre pardillos o al cándido encuentro entre dos niños en un parque antes de compartir columpio. Que si cómo te llamas, de dónde eres, cuántos añitos tienes… Lo normal.

No olvidemos que un primer paso de la comunicación básica entre dos personas consiste en que alguien te pregunte algo, tú lo entiendas y puedas responder. O viceversa, que sería lo suyo. Sólo que la sempiterna cara de anchoa errante que le acompaña a uno en los primeros intentos de chapurrear una lengua, impide ser demasiado elocuente en las preguntas. Con lo cual, el alumno tiende siempre a tomar el rol de receptor, nunca de emisor. Así que acaba siendo el profesor quien tiene que romper el hielo con su ristra de preguntas estereotipadas - y no por ello siempre discretas - para escuchar, aunque sea entre tímidos balbuceos y onomatopeyas, un escueto sí o no de tus labios de tierno aprendiz…

Y ahí empieza la cosa. Primero dónde trabajas, dónde vives y estado civil. Numerología básica: fecha en que naciste, número de hermanos, día y mes en que te casaste, edades de tus hijos, matrícula de tu coche y hora a la que te acuestas. No contentos con ese tercer grado, que es como rellenar veinte visados en el avión quince minutos antes de aterrizar, enseguida se te exhorta a contar un día de tu vida cotidiana hora por hora (los momentos All Bran y alguno más te los saltas, obviamente).

Y luego empiezan las cartitas. Las dichosas cartitas a un amigo imaginario que nunca lo sería si recibiera bodrios semejantes. O mejor, cosas como: y ahora describe a tu compañero de al lado. Momento éste peliagudo donde los haya. Ya puedes ser políglota en alemán, ruso y esperanto, que no hay locuacidad capaz de traducir diplomáticamente la necesaria descripción “pues qué quiere que le diga… Es baja, gorda, feíta y combina fatal los colores.” Acabas diciendo que es guapa y de talla mediana, con lo cual quedas como una redomada mentirosa.

De todas, hay una pregunta aparentemente inofensiva que llevo fatal: “¿Qué has hecho este fin de semana?” Lo que a simple vista parece una muestra de educación e interés por tu persona, puede llegar a convertirse en el momento más frustrante y para colmo, el primero, pues es la pregunta estrella de los lunes. Todo el mundo sabe que los mejores fines de semana son aquellos en los que no haces absolutamente nada. O sea, ni el egg. Eating, sleeping y… sleeping. Vale. Pues ahora vas y lo cuentas con un derroche de vocabulario que tiemble el Collins.

¿Qué pasa entonces si tu fin de semana ha sido tan satisfactorio en ese sentido que no tienes nada que contar? Pues ocurrirá que no sólo tu expresión verbal resultará pobre, casi vulgar, sino que provocarás una lástima colectiva imposible de ocultar por parte de tus compañeros. Ellos nunca lo dicen, no, pero tú sabes perfectamente que en el momento en que acabas tu crónica de segundo y medio en la que cuentas que estuviste en casa descansando, ves un letrero en las jetas de tus compañeros que dice: “Vaya mierda de fin de semana” en todos los idiomas. Y te hundes.

Pero tampoco crea el lector que la cosa mejora si has tenido el fin de semana más trepidante del mundo. Para contar un fin de semana de esas características tienes que pasar del intermedio alto ¡¡altísimo!! en el idioma de marras o por lo contrario volverás a recurrir al “estuve descansando en casa, cené con unos amigos y vi una película”, lo cual duplicará la enjundia del marrón porque te preguntarán qué película viste y, como estás nerviosa, echarás mano de aquella que primero se te viene a la cabeza, con lo que volverás a oír los resortes mentales de tus compañeros emitiendo un claro “Y encima frikie”.

El caso es que, goteo a goteo, lección a lección, clase tras clase, pasan los meses y con la tontería, tus profesores acaban sabiéndose tu casa de palmo a palmo (tema: partes de la casa), tu talla de sujetador (tema: vestimentas), el partido al que votas y si reciclas el plástico (tema: opinión), cuántos y quiénes son tus amigos (tema: yo y mis amigos) tus enfermedades (tema: médicos), tus cualidades, tus defectos y hasta los de tu pareja (tema: adjetivos varios).

Recuerdo que un día mi profesor de francés me dijo que mi marido debía ser perfecto, a juzgar por mi ejercicio oral... Lo que él no sabía es que en aquel momento describí a mi marido como podía haber descrito a mi prima o a mi perro (y no te me ofendas, spouse). Lo cierto es que mi francés de entonces no daba para más. Pero ante todo: ¿es que acaso pensaba este espía gabacho que yo iba a hablar de mi marido delante de siete desconocidos, incluido él? En fin, que el esfuerzo es tanto, la sinceridad tan forzada y la frustración por lo general tan supina que a veces a este tipo de ejercicios sólo les falta un cartel de alcohólicos anónimos y un aplauso después de cada intervención.

Dicho esto, creo firmemente que los estudiantes de idiomas deberíamos tener una cobertura. Una especie de personaje ficticio con un background fijado de antemano que nos permita infiltrarnos en un mundo de mentiras que eviten que nos desnudemos ante los DEDHR. Sobre todo para que nunca tengamos que estar en la tesitura de ser creativos o sinceros cuando se nos hace una pregunta que nos da pudor, pereza o simplemente no nos da la gana responder. Ya tenemos bastante con unir sujeto y predicado tirando del escaso vocabulario disponible…

Eso u obligar a nuestros profesores a que respondan con todo lujo de detalle a las mismas preguntas y a otras menos discretas, faltaría más. Quid pro quo. 

Si ya lo dijo ese célebre espía con nombre de árbol: Y quién es él, en qué lugar se enamoró de ti, pregúntale a qué dedica el tiempo libre…”

 

 

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