Finding Nairobiland

Coca Cola y memoria

Escrito por findingnairobiland 11-05-2011 en General. Comentarios (3)

 

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Cómo mola tener amigos.  Los amigos son geniales: Te refrescan, te reconfortan,  son la chispa de la vida… Ellos son la verdadera Coca Cola.  Siempre están a mano y siempre caen bien. Algunos, porque te hacen sentir especial. Otros, que acaban siendo los de siempre, porque consiguen justo lo contrario: que te sientas normal. Y eso es algo que, no sé fuera, pero aquí, se agradece.

 

¿…Que por qué me pongo yo en plan libro de auto-ayuda infumable, patrocinado por una marca de refrescos? Pues por esto:

Hace poco he recibido una grata noticia por parte de una de mis recientes coca-colas (vaya por ella este artículo): casi sin estrenar, burbujeante y llena de vida. Esta amiga en cuestión, a la que llamaremos Mari Scully, afirma que “el cerebro es una chapuza humana”, lo que significa que nuestra memoria, en general, es lo que es y no da para más. Que sí, que me lo ha dicho Mari Scully y a ella se lo ha dicho Eduard Punset y a Punset un tal Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York. Ya de entrada me fío de Mari Scully, pero es que además si lo dice el señor Punset… yo me lo creo. Un tipo con ese pelo tiene que ser listo por necesidad.  De hecho, los hombres más sabios de nuestra historia siempre tuvieron marañas  o se quedaron calvos, rara vez ha habido término medio.

Pero es que además, yo quiero creerle. ¡Necesito creerle! Me encanta la idea de poder echarle la culpa a la Naturaleza en lugar de a mí misma por ser un completo desastre. Después de años preguntándome dónde demonios tengo la cabeza, puedo dejar de sentirme una inadaptada piltrafilla. Mis olvidos sólo significan una cosa: que soy un eslabón NORMAL de la evolución. O dicho más religiosamente: que soy humana, a imagen y semejanza del Creador (que Dios estuviera a por uvas cuando le tocaba programarnos tampoco dice mucho de su memoria…)

Lo crea o no exagerado el  lector, esta afirmación científica supone todo un alivio para una desmemoriada como yo. El complejo cerebro humano es lo más parecido a un “apaño” biológico, dicen, lleno de maravillas pero también de imperfecciones. Y no lo podemos evitar. Así que adiós por fin a la constante sensación de Alzheimer prematuro y a mi complejo de mente sedentaria: nunca hago sudokus, ni crucigramas ni juego al Cifras y Letras con la tele ni por supuesto memorizo un solo número de teléfono (pa qué, teniendo la agenda de un móvil que pueden robarme en cualquier momento...) Por no recordar, ni recuerdo el número de mi pasaporte, pese a las decenas de impresos que he rellenado ya en todo el tiempo que vivo entrando y saliendo de este país…

Yo pertenezco a ese desquiciante colectivo que explica los sitios con frases tan ilustrativas como “Si, hombre sí,  allí, donde estuvimos aquella vez…”  o la  que siempre que accede a algún registro no solo descubre que ha olvidado su propia contraseña sino también la ubicación del documento que abrió expresamente para almacenar todas las contraseñas por si se le olvidaban… También soy de esas que constantemente tiene cosas en la punta de la lengua. Tantas, que a mis treinta y pocos podría matar a alguien de un solo escupitajo de memoria súbita.

Por no hablar de los cumpleaños. Si felicito a alguien a tiempo, cualquier parecido con la memoria suele ser pura coincidencia. Aunque aquí hay atenuantes: Antes eran sólo los amigos. Y ahora son los maridos, las mujeres, novios, novias,  o nuevas novias y/o novios y/o mujeres y/o maridos de los amigos y los hijos de todos éstos, más cuñados y suegros (que esos sí que te la guardan, será por memoria…). Y este mayo… ¿pero cuánta gente nace en mayo, por dios?  

Entre los momentos más violentos de la falta de memoria para un expatriado, destacaría aquellos que tienen que ver con esas personas de cuyo nombre no te acuerdas o que conoces, pero no sabes de qué. Eso es bastante común teniendo en cuenta el trasiego de un destino “de paso” y la eventualidad de ciertos encuentros. Está el famoso apaño de “¡Ay, perdón, se me había olvidado presentaros!” cuando los interesados ya se deciden a hacerlo por cuenta propia, librándote así de acordarte de sus nombres. Pero la otra situación (el “sé que le conozco pero no sé de qué”) no tiene remedio: Si cuando miras a alguien le mantienes la sonrisa, mientras tu memoria centrifuga hipótesis varias, se te queda cara de fumada hagas lo que hagas y el individuo acaba por pensar que te ha dado un mal aire.

Aunque las hay peores que yo (a la gaditana ni la nombro)... Recuerdo un viaje de una coca-cola española que creyó haber perdido el pasaporte nada más aterrizar en el aeropuerto de Madrid. Antes de ponerse a buscarlo concienzudamente, su imaginación viajo años luz más rápido que su memoria, de manera que en menos de cinco minutos estaba llorando ante la ventanilla del policía de la aduana, recriminándole que un peligroso terrorista estaba en ese preciso instante entrando en su país para atentar contra gente inocente y ¡¡¡en su nombre!!! Hasta que el dedito certero de alguien en su espalda vino a decirle: “Hay algo cuadrado y marroncito en tu bolsillo”.

No digo yo que no influya la alimentación. Yo reconozco que nunca como rabitos de pasas (que según otra antigua coca-cola mía, es lo mejor para fortalecer la memoria). Pero claro, ¿Dónde coño venden rabos de pasas, que yo nunca los veo? ¿No sería más fácil incluirlos directamente en los Special K?

No obstante ser despistado tiene su punto. Olvidas pronto los malos rollos – para ser rencorosa necesitaría más espacio en mi agenda- y de cuando en cuando hasta te sale el lado romántico. No puedo evitar acordarme de El Cigala entonando ese “Se me olvidó que te olvidé” como una preciosa forma de contradecir a la memoria…

Así que permítame el lector ser auto-condescendiente, ya que hablamos de una condescendencia por lo menos científica. Si es verdad que el cerebro no clasifica los recuerdos, que es más bien un cajón desastre, lo de la memoria selectiva deja de ser una excusa para convertirse en una cuestión de limpieza. Y una es despistada, pero limpia. No me refiero sólo a que tendemos a recordar más aquello que nos gusta y en lo que por tanto ponemos atención. Me refiero a que tal vez, llega un momento en que la cabeza tiene que soltar lastre –   que los pensamientos y los recuerdos también engordan, seguro- y hace una criba natural. Si la vida es una constante acumulación de recuerdos, también, por fuerza, lo tiene que ser de olvidos. Hay que compensar.

Además luego están esos otros recuerdos que quedan, como telarañas en el subconsciente, los hayas seleccionado o no: A menudo me sorprendo a mí misma visualizando detalles aparentemente triviales de situaciones que han pasado hace años. Esas imágenes de nuestra cabeza, nunca tengo claro si son del todo verídicas o reinventadas, pero son inevitables…

Y a lo mejor eso tiene que ver con los flashbacks nostálgicos que se van edulcorando con el tiempo, que adornamos hasta idealizarlos, tal vez por interferencias con otros recuerdos, hasta que el tiempo les da ese barniz de perfección irrecuperable…  Todo eso tan bonito acaba en el típico abuelo o abuela batallitas, cómo no.  

Cuando pasas mucho tiempo en Nairobi y regresas a España, también te falla la memoria. Al automatizar diferentes aspectos del día a día aquí, acabas haciéndolo también allí… cuando ya no procede.  Así, te puede pasar, como a otra querida coca-cola mía, que te quedes a verlas venir en el Hipercor esperando que un alma cándida te meta la compra en las bolsas como hacen aquí, en el Nakumat. Al cabo de un par de minutos de desconcierto (ajeno, porque tú estás tan tranquila), en lugar de un keniano más o menos solícito y sonriente embolsando tus cosas a dos por hora, oyes un “¡Vamos, reina, que hay cola!” de la cajera de las mechas.

Otro síntoma inevitable de pasar mucho tiempo en un país angloparlante como Kenia, es que cuando te zambulles en la marabunta urbana de Madrid (desacostumbrada ya a chocarte con la gente) te pasas el día diciendo sorry sorry a destajo, lo cual, dependiendo del conocimiento del idioma de tu interlocutor, le puede sonar a “zorra zorra” pero desde el cariño. O se te puede olvidar, como ocurre a menudo, la ubicación de los mandos del vehículo (en Nairobi el volante está a la derecha), de modo que en España adelantes a los coches activando alegremente el parabrisas. Pero también, y esto es lo peor, puede que te olvides de que en Madrid hay una red viaria asfaltada y empieces a gemir a lo Meg Ryan en medio de la carretera de  Burgos como si la sola experiencia de montar en coche te provocase el mayor orgasmo de tu vida.  Ay qué lisito, ay qué asfaltadito, ay que gustito, ayayay….  

Pero también estando en Nairobi olvidas cosas más serias e importantes. Concretamente algo que siempre dice mi querida coca-cola bilbaína: Cuando nos quejamos, a menudo olvidamos de dónde venimos y a dónde hemos llegado. Si hiciéramos un mínimo esfuerzo en no olvidar eso, donde estábamos hace un tiempo, y dónde estamos ahora, seríamos mucho más conscientes de los logros que el tiempo, la madurez, las oportunidades o el propio devenir de la vida nos han regalado.

Me pregunto cómo recordaré Nairobi cuando me vaya, lo cual me obliga a “beberme” otra coca-cola más: Un amigo español que vive aquí desde hace muchos años, siempre dice que uno llega a esta ciudad quejándose pero se marcha llorando. Por qué no… Veo plausible irme de aquí y acabar olvidando el tráfico, el polvo, la inseguridad, este tiempo de goma, parsimonioso hasta la saciedad, la vida híbrida de provincianismo exótico y multicultural… ¿Pero cómo olvidar esta luz, este verdor, la tierra roja, los pájaros, el cielo, las sonrisas, los senderos serpenteados de buganvillas, el espectáculo libre de la vida salvaje, la gente, los niños…? En ese sentido, y con la mente puesta en otras dos coca-colas que cambiarán de latitudes en breve, ya averiguaré qué pervive de Nairobi en su memoria…  

Claro que… Hay quien afirma que no existen las casualidades y yo he relacionado casi inconscientemente la memoria con los amigos y con las personas que queremos en general…

Un párrafo y varias coca-colas después, descubro la razón. Los mejores recuerdos de nuestra vida tienen mucho  o todo que ver con ellos. Nuestros seres queridos son el mejor antídoto contra la chapuza humana que es nuestra  memoria porque sólo ellos tienen la impagable virtud de recordarnos quiénes somos.

 

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Y – ahora – manda - “este mail”- a –veinte – amigos – importantes- para- ti- en- menos- de- una- hora- o- te- caerá- la- maldición- de- la- Pepsi- chunga- y- te – quedarás- amnésico- perdido- a- causa- de – una- lesión- cerebral- en- el- Alcampo.  (¿o era en el hipocampo?)

Acostumbrarse

Escrito por findingnairobiland 15-02-2011 en General. Comentarios (2)

 

Ayer se me suicidó un gecko. Sí, hombre sí, un gecko: Gecko, geco, gueco… Salamanquesa en mi pueblo. No es la primera vez. Hay quien dice que los geckos no se suicidan, que sólo se caen, y que ni siquiera se matan. Pero  yo sólo sé que de vez en cuando estoy tranquilamente en casa leyendo y oigo un plof en el suelo del salón. Ese pequeño golpe seco y repentino resulta ser uno de esos pequeños camicaces en caída libre desde las vigas del techo o la pared. Ocurre, sobre todo con los más pequeñitos y eso me encoge el corazón. Luego pienso que son sólo simples lagartijas. Se comen a los bichos, qué bien, y hay cientos más por toda la casa. No pasa nada porque uno más se malogre. Total, ya estoy acostumbrada.

 

La semana pasada dos hombres entraron en casa de un matrimonio keniano y le asestaron un hachazo en la cabeza al padre de familia. Así, sin más. Me lo contó mi asistenta la misma mañana del suceso y me pidió permiso para ir al hospital a ver a la víctima, su padre, el cual resultó milagrosamente vivo, tras una operación en la que hubo que sacar la sangre que había penetrado en su cerebro. Primero tuve que asumir que me lo contara ella, que no fuera una historia que yo estaba leyendo en el periódico con esa reconfortante pátina de distancia que tienen las cosas que lees pero no vives. Después, tuve que resignarme a aceptar que fuera cual fuera la razón del trágico incidente (robo, ajuste de cuentas… etc.) y las consecuencias para los malhechores –a uno de ellos lo atrapó la policía keniana- yo nunca lo sabría. Está demasiado lejos de mi alcance aunque haya pasado extraordinariamente cerca de mi entorno. Ocurre muchas veces, aquí se oye de todo. Y total, ya estoy acostumbrada.

Una noche, hace algo más de un mes, un grupo de expatriados que iban en diferentes coches en convoy  a una fiesta en el distrito de Karen, pasaron por un cruce en el que había un cadáver a la izquierda y un ahorcado a la derecha. No todo el mundo lo vio, pero ese fue el primer comentario de la velada entre los avispados que sí se habían dado cuenta: “¿Os habéis fijado en los dos cadáveres de la carretera…? ¿En serio? Qué fuerte. ¿Me acercas el vino blanco?” Por supuesto nadie supo la identidad de esos dos hombres ni por qué sus cuerpos estaban expuestos así  y tampoco nadie, bajo ningún concepto, habría osado pararse para averiguarlo, ni siquiera para verificar si el presuntamente muerto –el menos visible- estaba aún vivo… Sobre todo, porque ese cívico gesto de "asistencia en carretera" podría haber provocado que alguno de nosotros acabara como ellos. La noche, fuera del vehículo, es oscura y traicionera y nunca se sabe, aún menos aquí, qué emboscada puede acechar detrás de una escena como esa… Así que la misma gente que vio u oyó o ni siquiera se enteró de que había dos muertos a tan sólo un par de kilómetros de aquella casa, se pasó el resto de la noche bebiendo y bailando. Yo incluida. Total, ya estoy acostumbrada.  

Acostumbrarse… El ser humano se acostumbra a todo, tarde o temprano. Y más temprano que tarde, aquí nos acostumbramos a lo bueno: A tener chófer,  servicio doméstico, niñera, jardines capaces de albergar una boda, invitaciones a eventos casi todas las semanas, nuevos amigos que te llaman y escriben casi a diario y que conocen tus horarios casi mejor que tú mismo, el sol, la lluvia, los safaris, hoteles de ensueño…

Pero nos acostumbramos también a bloquear las puertas y subir las ventanas, a conducir más rápido por las noches e igual de agresivos por las mañanas, a jugarnos la vida en carreteras infames donde la temeridad es, precisamente, la costumbre. Nos acostumbramos también a que nuestros empleados se endeuden a base de pedirnos adelantos con mil excusas quién sabe si ciertas, a contar con los atascos, la luz que se va, internet que no funciona, las averías mal reparadas, el polvo, la lentitud e ineptitud, las cervezas nunca suficientemente frías, las fiestas que cambian de ubicación pero nunca de disc jockey…

En Nairobi acabas acostumbrándote hasta a quejarte de aquello a lo que no te acostumbras. Es una cuestión de supervivencia, de salud mental, de priorizar el limitado y cómodo corralito de tu vida frente a lo que pasa ahí fuera, demasiado cerca, sí, pero fuera. Te acostumbras a disfrutar lo que tienes  sin sentirte culpable porque la inmensa mayoría aquí no lo tenga. Dejas de hacerte preguntas, o al menos de exigirte respuestas, ante una realidad que ya lo era cuando vivías en España, solo que desde allí no tenías tiempo o necesidad de cuestionarte nada…

Una vez que decides no mojarte por si te ahogas, (y cómo y por dónde empiezo y para qué y, uy, qué marrón, esto me viene grande…) aceptas mantenerte en una cómoda segunda línea que te permite asistir como privilegiado oyente más o menos “sensible”. Y desde ahí, te acostumbras a la solidaridad en la abundancia, pues eres testigo de la pobreza ajena más que nunca en tu vida, justo en el periodo de tu vida en el que más derroche de comida, bebida y livinglavidaloca ves a tu alrededor. La conciencia humanitaria se convierte en una temática más de la vida social, una hipocresía que te incluye y de la que nadie es culpable. No es más que la puñetera contradicción de la vida,  algo que en África no sólo se ve, sino que también se toca, se huele, se siente y todo lo pudre. Acabas reafirmando el abismo incontestable que existe entre tu cultura y la de esta gente y te acostumbras a que algún memo llame a eso racismo.  A la larga,  te das cuenta de que la violencia y el dolor ajeno que antes veías en los telediarios, sigues digiriéndolos  bajo la misma capa impermeable, tediosa y desesperanzadora. Porque aquí también acabas acostumbrándote.

¿Los geckos se caen o se suicidan? Y yo que sé, si yo no soy un gecko. Si nunca he sido ni jamás seré un gecko. Si por más que oiga el plof, incluso en el mismísimo salón de mi casa… siempre son ellos los que caen.

Aunque en el fondo no lo entienda. Ni me acostumbre. 

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Un año de cine

Escrito por findingnairobiland 20-01-2011 en General. Comentarios (1)

 

Hace algo más de año y medio que comencé este blog sin saber muy bien a dónde me llevaría, cosa que, sinceramente, aún no sé.  Lo bueno de no haberlo abandonado, salvo eventuales periodos, es que esa cuestión ha dejado de importarme hasta el punto de que hoy por hoy siento que soy yo, más bien, quien lo lleva a él...

 

¿Hacia dónde? Hacia donde surja, qué más da. Me gusta que Finding Nairobiland siga siendo, después de todo, este pequeño lugar que no aspira a ser nada más que eso, aunque el pragmatismo del día a día lo haga parecer un empeño innecesario o inútil. No lo es para mí. Además, en este espacio me siento libre. Al fin y al cabo, proyectar una película sin saber si la sala está llena o medio vacía puede ser frustrante o interesante… Todo depende de para quién. 

Tengo que decir que en términos generales, ha sido un año de cine porque nunca pensé que viviría en un sitio como éste, que escribiría desde aquí ni que podría ser testigo de las cosas que escribo. En lo que a Finding Nairobiland respecta, me encanta no tener que empezar el año con el propósito de retomarlo, porque nunca, en realidad, lo he dejado. Si acaso no estaría mal alimentarlo más a menudo, pero teniendo en cuenta lo inconstante que puedo llegar a ser, incluso en este sentido para mí, también éste ha sido un año de película.

Y ya que hablamos de cine, no puedo pasar por alto que aunque Javier Bardem y su “Biutiful” se han ido con las manos vacías de la 68º edición de los Globos de Oro, resulta que la ganadora a la Mejor Película Extranjera este año, por estas cosas mágicas de la sinergia y la casualidad, tiene bastante que ver con Kenia.

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En un mundo mejor, de la danesa Susanne Bier (directora de Cosas que perdimos en el fuego o la original Brothers, antes del remake americano que dirigió Jim Sheridan), fue rodada en parte aquí y utilizó unos 700 figurantes kenianos, además de algunos actores secundarios también locales. La cinta cuenta la historia de un doctor cuya vida discurre entre una idílica ciudad danesa y un campo de refugiados en África, para lo cual se escogió un campo de Kikopey, cerca de Gilgil, al noroeste de Nairobi. 

 

Parece ser que el equipo de localización contactó con una productora keniana para pedir asesoramiento y aunque en principio les recomendaron Dadaab Camp, de camino en coche hacia Elementaita, se prendaron de Kikopey.

 

Quién sabe si vamos a ver este pedazo de Kenia premiada, de alguna manera, también en los Oscar. Ya se sabe que los Globos de Oro son la antesala de la famosa alfombra roja... 

 

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Pase lo que pase en la futura gala, os deseo a todos un año de cine y al cine keniano una distribuidora en condiciones, que me traiga éste y otros estrenos internacionales.

 

Nos vemos por aquí. 

Kenia, el desconocido paraíso de las rosas

Escrito por findingnairobiland 20-01-2011 en General. Comentarios (2)

 

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Fulanito Feigembaum, le dijo a Menganita Diermissen que le perdonara porque el exceso de cerveza del día anterior le había impedido recordar su aniversario. Y en cuanto pudo le regaló un ramo de rosas. Fulanita Diermissen se las estampó en la cabeza. Craso error que Fulanito Feigembaum no le dijera a Menganita Diermissen de dónde venían las flores, lo que, tal vez, envuelto del romanticismo apropiado, le habría librado de semejante represalia… 

Como a Fulanito, a nadie sorprende ver el icono de una cebra o de una planta de té sobre un mapa de Kenia. Pero… ¿Y si hubiera una rosa? Pues ocurre que, además de los safaris turísticos y de la más tradicional de las infusiones, en Nairobi florece -literalmente- un tercer mercado menos conocido, pero fascinante.  

 

Kenia, el mayor productor de rosas y claveles, ocupa el quinto puesto mundial como exportador de flores y es el segundo del mercado europeo, después de Holanda. Actualmente, según Kenyan Flowers Council, el negocio genera unos 40 billones de dólares anuales y emplea a 100.000 personas directamente e, indirectamente, a dos millones más. Eso y su rápido crecimiento en los últimos años lo convierten en la industria más importante después del té y el turismo. Para su principal cliente, la Unión Europea, supone un 40% de la importación, mientras que en el caso de Inglaterra, un 90% del comercio de flores procede directamente de aquí y de Colombia.

Por supuesto, las flores no crecen en el emblemático paisaje que nuestra mente tiene de Kenia, esto es: sabana y acacias. La industria floral de este país se localiza sobre todo al norte de Nairobi, en los alrededores del lago Naivasha, donde la luz, la altitud y la accesibilidad al agua permiten la horticultura. El cultivo comenzó en los años sesenta, pero no fue hasta veinte años después que las inversiones extranjeras consiguieron impulsar la industria y dotarla de la tecnología apropiada.

 

Se estima que actualmente puede haber unas 500 granjas de flores en todo el país, y sólo en Naivasha hay más de cincuenta. Sin embargo, el grueso de la exportación de alta calidad pertenece a unas pocas plantaciones –adscritas a multinacionales de capital europeo, por supuesto- por las que se extienden hectáreas y más hectáreas de invernaderos. No sólo rosas: también lirios, claveles, crisantemos, alstroemeria, girasoles, rellenos….

 

Oserian Development Company es probablemente la más grande y moderna factoría de flores y una de las responsables de implementar el cultivo de rosas en África oriental. Ésta, junto a otras seis empresas, forman The Mavuno Group, que opera en 60 países y cubre todo el proceso de producción desde el cultivo hasta su entrega final.

 

Sus 254 hectáreas producen 380 millones de tallos al año, es decir, alrededor de un millón al día, gracias a 4.600 empleados de los cuales una tercera parte son mujeres. El principal cliente de Oserian (literalmente, en lengua maasai: "lugar de paz"), es Europa, pero también distribuye a Estados Unidos, Japón, Dubai y Australia, mediante operadores internacionales como Bloom, Teleflowers Auction y World Flowers. En 2009 recibieron la medalla de Hortifair Awards, a las Mejores Rosas del Mundo. También es una de las granjas de claveles más grande del planeta.  

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Finlay Flowers (Swire Group), es otro de los grandes emporios horticulturales en Kenia, negocio que comparten con la producción de té (James Finlays Ltd.) desde hace más de 80 años. Con 2500 trabajadores y 92 hectáreas ubicadas a lo largo  de Kericho, Iondiani y Koru, al oeste de Kenia, también disponen de filiales en China y Sri Lanka. Su principal mercado es Inglaterra y Estados Unidos.

 

Ambas empresas hacen alarde de sostenibilidad medioambiental, comercio justo y  condiciones éticas y seguras para sus trabajadores. De hecho, sus contrataciones abarcan programas sociales de diversa índole, que en el caso de Oserian incluyen derecho a alojamiento para trabajadores y sus  familias (en una infraestructura con capacidad para unas 10.000 personas), cobertura médica, bajas de maternidad, espacios públicos como escuelas, bibliotecas, ludotecas y diferentes ayudas apara la formación y otros proyectos humanitarios.  

 

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y parece que en muchas plantaciones, donde es difícil controlar qué ocurre bajo los interminables invernaderos, el incumplimiento de las medidas de seguridad, la exposición constante a pesticidas y las excesivas horas de trabajo ponen en duda las óptimas condiciones laborales de la mano de obra local. En 2002, la Comisión de Derechos Humanos de Kenia (KHRC) condenó las “explosivas condiciones laborales de los trabajadores” en la industria de las flores. Actualmente, ignoro en qué estado está este tema.

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En otro orden de cosas, el futuro del sector pasa por una necesaria recuperación tras los acontecimientos de los últimos años ya que, primero fueron los conflictos pos-electorales de  de 2008, después la sacudida de la crisis, y ahora una caída del 15% con respecto a 2009 debido sobre todo al frío en Europa y a la nube volcánica de Islandia que paralizó los vuelos europeos allá por abril. Por otro lado, empieza a hacerse notar un competidor emergente: Etiopía. Los incentivos etíopes a los inversores hacen que muchos de ellos se estén mudando al país vecino.

 

Una de las medidas del gobierno para incentivar el sector, es promocionar la venta de flores en el país, algo que actualmente se da en pequeña escala. Al turista le basta un primer vistazo a Nairobi para percatarse de los vergeles espontáneos que salpican cada esquina, lugar predilecto de los vendedores callejeros para apilar cubos repletos de tallos cortados, casi siempre frescos. Es una de las pocas cosas baratas aquí para los blancos (pocos kenianos compran flores de manera frecuente). Con unos diez euros –y eso sin regateo- se pueden llenar dos generosos floreros o regalar un ramo de esos que perdonan casi cualquier cosa. Menos a Fulanito Feigembaum, claro.

 

Sin embargo, las verdaderas joyas de la corona horticultural keniana se esconden bajo los kilométricos invernaderos mencionados antes y son mimadas tecnológicamente para lucir más bonitas y más tiempo (se cultivan especies de rosas que duran hasta tres semanas). Esas, raramente se quedan en el país. Suizos, británicos, alemanes y hasta americanos o japoneses, huelen las rosas vip mucho antes de que nosotros nos demos cuenta siquiera de que existían.

 

A veces, la mercancía se envía a granel para realizar los arreglos en destino, pero otras veces lo que aterriza es directamente el perfecto bouquet etiquetado. Así, desde la correspondiente nave industrial, las flores son transportadas en cámaras con refrigeración al aeropuerto Jomo Kenyatta, donde los aviones aguardan para volar hacia su destino europeo…

 

...Y llegar, en un periodo de menos de 48 horas desde que las cortaron, a las manos de Fulanito Feigembaum. El mismo que, si le hubiera susurrado a Menganita Diermissen desde cuán lejanas tierras había volado su arrepentimiento y su amor eterno, entonces ella, conmovida tal vez por el exotismo del asunto, le habría arreado un beso que se habría sentido hasta en el invernadero más remoto del valle del Rift, como un efecto mariposa con olor a flores o como el aromático efecto boomerang de la rosa que un día nació y creció aquí. Sí… Sorprendentemente aquí mismo.

 

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Video Oserian Dream: http://vimeo.com/16612681

El dilema de los entierros ecológicos

Escrito por findingnairobiland 05-12-2010 en General. Comentarios (1)

 

Gracias a que el Conde Drácula vivió en el siglo XIX y no en el XXI, nunca tendremos que imaginarlo saliendo de una especie de archivador desmontable de Ikea… Esta semana me ha llamado la atención un artículo del Daily Nation sobre el fracaso del último lanzamiento funerario: un modelo de ataúd biodegradable llamado Eco-Jeneza, a disposición de los kenianos desde hace un par de meses. Pese a su moderno concepto de sostenibilidad medioambiental y a su principal reclamo: es considerablemente más barato que el convencional, no parece estar teniendo muy buena acogida en Kenia, a diferencia de otros lugares del mundo, incluyendo la vecina Sudáfrica.

 

Para las familias kenianas que pierden un ser querido, acostumbradas a compaginar el dolor de la pérdida con un serio endeudamiento a costa del funeral (el gasto medio ronda los 500 euros), el Eco-Jeneza podría ser la alternativa perfecta, maquillada, además, de puro marketing ecológico: Lo importante no es el precio, hasta 200 euros menos que un ataúd al uso, sino la conciencia medioambiental…

  

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Sin embargo, si ya de por si el universo funerario está definido por la tradición y  la religión, este invento viene a toparse con la reticencia de una cultura, la keniana, donde esos dos factores definen no sólo la muerte sino todo lo demás. Y tampoco nos engañemos: ecológico es, pero vistoso no (si es que se puede aplicar tal adjetivo a un féretro), y no sólo a ojos del keniano. Muchos europeos nos sentiríamos ruines optando por esta solución, por muy verdes que pretendamos ser. Lamentablemente, el cuasi monopolio funerario, con la sofisticación y variedad de productos en las últimas décadas, ha puesto el listón alto – y caro- en el concepto de funeral “a la altura”.

 

En el rito de la muerte, al igual que en otros ritos donde lo social y lo cultural justifican su, a veces, anacrónica existencia, cualquier despliegue es poco cuando manda la tradición, esto es: lo que se debe hacer porque sí, sin más, porque es lo que siempre se ha hecho. Así ocurre también en Kenia, con la diferencia de que son cientos los casos de familias arruinadas por tratar de costear el funeral. En estos casos nunca impera la lógica: ¿Acaso no va a acabar bajo tierra igual una caja de cartón que una de madera, por muy fantásticos que sean sus acabados?

 

En el antiguo Egipto, la creencia de una vida posterior con acceso a bienes materiales, hacía que enterraran a los muertos con joyas y enseres, pese a que inevitablemente acabaran en mano de los saqueadores. Hoy en día se dan casos de gente que entierra a sus difuntos incluso con el teléfono móvil… por si acaso. La manera de despedir la vida es en sí mismo un estilo de vida. Y para entender que un Eco- Jeneza es tan lícito como un féretro con laboriosos remates cromados hace falta abrir mucho la mente y liberar lastres religioso-culturales demasiado arraigados en nuestra sociedad.

 

Claro que, el otro extremo podría ser ver a Drácula saliendo de un ataúd con forma de, no sé, ¿tubito desechable para análisis de sangre?  Es lo que la marca Aquarius supo explotar para su campaña televisiva de hace un año, recurriendo a Eric Adjetey, un joven carpintero de la aldea pesquera de Teshi (Ghana). Si la necesidad agudiza el ingenio, en este caso, ante el ingenio, no importa la necesidad. En el anuncio aparecen toda suerte de ataúdes personalizados: Peces gigantes, un avión, una gallina… Una alegoría kitsch y fetichista de la vida cotidiana en forma de juguetes fúnebres coloristas, como materializaciones infantiles de aficiones, roles y oficios… Se trataba de transmitir la idea de cumplir los sueños aún en tiempos de crisis. Y el caso es que estos ataúdes, absolutamente reales, son  muy demandados entre la comunidad Ga, un colectivo animista de la costa que constituye el 10% de la población ghanesa.  No obstante, la conversión de muchos de ellos al cristianismo ha reducido la demanda en los últimos tiempos, ya que no se les permite usar féretros “alegres”. Tampoco los precios ayudan demasiado a mantener esta tradición. Un ataúd de Mercedes Benz, por poner un ejemplo, equivale al sueldo anual de un trabajador en Ghana, es decir, unos 480 euros. De nuevo la contradicción…. 

 

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Volviendo a los ataúdes ecológicos, parece ser que en Europa se talan anualmente más de un millón de árboles para fabricar féretros. Si bien es cierto que sus piezas metálicas, plásticas y adhesivas son perjudiciales para el medioambiente, no podemos decir que los principales problemas medioambientales del mundo provengan de su uso. Y por otro lado, tampoco se puede afirmar que el Eco- Jeneza sea la panacea universal en este sentido. Para empezar, una persona muy obesa difícilmente podría ser apta para este sistema. Y, teniendo en cuenta que la burocracia en África puede provocar que un entierro se posponga fácilmente tres meses tras la defunción, considerando además que haya que trasportar el cadáver en viajes de larga distancia, no parece que el cartón y/o plástico sea un buen remedio ante imponderables como la humedad y la lluvia, por ejemplo.

 

En cualquier caso, el principal enemigo de esta idea no son sus limitaciones técnicas sino el prejuicio de que pueda ser una solución “cutre” para despedir a un ser querido. Y es comprensible. Sin embargo, y he aquí la paradoja, tal y como apunta By Joy Wanja en su artículo, una familia que no se puede permitir los 70.000 Sh (unos 700 euros) que cuesta un buen médico, es capaz de endeudarse pagando el doble de esa cantidad por un entierro “digno”...

 

¿Tiene sentido invertir en homenajear al difunto lo que no se invirtió en evitar que muriera?

 

Está claro que la tradición, aún cuando va en contra de toda lógica, es difícil de superar. Y la muerte es algo que nos tomamos muy en serio. A veces, curiosamente, más en serio que la propia vida.   

 

Enlaces:

 

Anuncio Aquarius : http://www.youtube.com/watch?v=UzAia-gqcpE

Eco Jeneza: http://www.eapi.co.ke/index.php?id=355